Las Cortes Constituyentes surgidas de
las elecciones del 28 de junio de 1931, en las que la Agrupación al Servicio de la República (A.S.R.) obtuvo trece
diputados, estuvieron presididas por el
socialista Julián Besteiro y su finalidad principal era la elaboración de una
nueva Constitución. Durante ese proceso, la bronca entre los distintos partidos del
Pacto de San Sebastián fue aumentando más de lo esperado.
Las críticas de los partidos del
centro y de la derecha se focalizaron, principalmente, en los Artículos 26 (cuestiones
religiosas) y 44 (propiedad e
intervención del Estado), así como en la nueva estructura territorial
determinada por la autonomía regional. Entre los días 27 de agosto y 9 de
septiembre se celebraron los debates sobre el proyecto de la Comisión de la
Constitución.
Don José Ortega y Gasset intervino
como portavoz de la A.S.R y, entre otras
cosas, dijo que:
-
"Nuestro grupo
siente una alta estimación por el proyecto que esa Comisión ha redactado"
("hay en este proyecto auténtico pensamiento democrático, sentido de
responsabilidad democrática", añadirá más adelante) pero advirtiendo a continuación
que "esa tan certera Constitución
ha sido mechada con unos cuantos cartuchos detonantes, introducidos
arbitrariamente por el espíritu de propaganda o por la incontinencia del
utopismo".
-
Entre esos "cartuchos
detonantes" se encontraba el controvertido asunto de la “autonomía”
destacando que para el proyecto de Constitución "la autonomía era algo especial, puesto que no la estatuye para
todos los españoles". Responde, más bien, a los deseos "de dos o tres regiones ariscas",
y eso dará lugar a "dos
o tres regiones semi-Estados frente a España, a nuestra España".
-
El otro "cartucho
detonante" se encontraba en el Art.
26, “donde la Constitución legisla
sobre la Iglesia" y eso le parece "de
gran improcedencia".
“Yo dudo mucho que sea
la mejor manera para curarse de tan largo pasado como es la historia del
Estado-Iglesia, esas liquidaciones subitáneas [la disolución de las órdenes
religiosas que aparecía en el artículo 24, luego 26, del proyecto]; no creo en
esa táctica para combatir el pasado. (...) Nosotros propondríamos que la
Iglesia, en la Constitución, aparezca situada en una forma algo parecida a lo
que los juristas llaman una Corporación de Derecho público que permita al
Estado conservar jurisdicción sobre su temporalidad” (Juliá, Santos (2009). La
Constitución de 1931. Madrid: Iustel. pp. 277-290)
Ver con este enlace: https://es.wikipedia.org/wiki/Rectificaci%C3%B3n_de_la_Rep%C3%BAblica
Ese mismo día 9 de septiembre de 1931, Don José Ortega y Gasset publicó en el diario “CRISOL”
un relevante artículo, cuyo texto íntegro se expone a continuación.
Un aldabonazo
“No
es esto, no es esto”
“Desde que sobrevino el nuevo régimen
no he escrito una sola palabra que no fuese para decir directa o indirectamente
esto: ¡No falsifiquéis la República! ¡Guardad su originalidad! ¡No olvidéis ni
un instante cómo y por qué advino! En suma: autenticidad, autenticidad...
Con esta predicación no proponía yo a
los republicanos ninguna virtud superflua y de ornamento. Es decir, que no se
trata de dos Repúblicas igualmente posibles -una, la auténtica española, otra,
imaginaria y falsificada- entre las cuales cupiese elegir. No: la República en
España, o es la que triunfó, la auténtica, o no será. Así, sin duda ni
remisión.
¿Cuál es la República auténtica y cuál
la falsificada? ¿La de “derecha”, la de “izquierda”? Siempre he protestado
contra la vaguedad esterilizadora de estas palabras, que no responden al estilo
vital del presente --ni en España ni fuera de España. ¿Qué es la “derecha” y la
izquierda” en la política alemana o inglesa o rusa en la fecha actual? Para un
liberal, el bolchevismo es “derecha”;
para un conservador del siglo XIX --el siglo de “derechas” e “izquierdas”--el
fascismo es “izquierda”. La misisión del vocablo es orientar en la selva de lo
real poniendo en ella la rosa de los
vientos su gran aspaviento cardinal. Ahora bien, esos vocablos del pasado
siglo confunden nuestro presente al pretender definirlo.
No es cuestión de “derecha” ni de “izquierda”
la autenticidad de nuestra República, porque
no es cuestión de contenido en los programas. El tiempo presente, y muy
especialmente en España, tolera el programa más avanzado. Todo depende del
modo y del tono. Lo que España no tolera ni ha tolerado nunca es el “radicalismo”
-es decir, el modo tajante de imponer un programa-. Por muchas razones, pero
entre ellas una que las resume todas. El radicalismo sólo es posible cuando hay
un absoluto vencedor y un absoluto vencido. Sólo entonces puede aquel proceder
perentoriamente y sin miramiento a operar sobre el cuerpo de éste. Pero es el
caso que España -compárese su historia con cualquier otra- no acepta que haya
ni absoluto vencedor ni absoluto vencido. Repugna desde lo más hondo de las
entrañas esta situación inhumana. Muchas veces he hecho notar la insistencia
pasmosa y única en la Historia con que
el fervor español se ha dirigido en toda luha al vencido: Lucano , cordobés,
canta a Pompeyo humillado, no a César victorioso y Cervantes se abraza al pobre
cincuentón manchego que es el perpetuamente vencido, el Vencido esencial.
Pero en esta hora de nuestro destino
acontece, además, que ni siquiera ha habido vencedores ni vencidos en sentido
propio, por la sencilla razón de que no ha habido lucha, sino sólo conato de
ella. Y es grotesco el aire triunfal de algunas gentes cuando pretenden fundar
la ejecutividad de sus propósitos en la Revolución. Mientras no se destierre de
discursos y artículos esa “revolución” de que tanto se reclaman y que, como los
impuestos en Roma, ha comenzado por no existir, la República, no habrá
recobrado su tono limpio, su son de buena ley. Nada más ridículo que querer
cobrar cómodamente una revolución que no nos ha hecho padecer ni nos ha costado
duros y largos esfuerzos. Son muy pocos los que, de verdad, han sufrido por
ella, y la escasez de su número subraya la inasistencia de los demás. Una cosa
es respetar y venerar la noble energía con que algunos prepararon una
revolución y otra suponer que ésta se ha ejecutado. Llamar revolución al cambio de régimen acontecido en España es la
tergiversación más grave y desorientadora que puede cometerse. Lo digo así,
taxativamente, porque es ya excesiva la tardanza de muchas gentes en reconocer
su error, y no es cosa de que sigan confundidos lo ciegos con los que ven
claro. Se hace urgentísima una división de actitudes para que cada cual lleve
sobre sus hombros la responsabilidad que le corresponde y no se le cargue la
ajena.
Las Cortes constituyentes deben ir sin
vacilación a una reforma, pero sin radicalismo -esto es, sin violencia y
arbitrariedad partidista-. En un Estado sólidamente constituido pueden, sin
riesgo último, comportarse los grupos con cierta dosis de espíritu
propagandista; pero en una hora constituyente eso sería mortal. Significaría
prisa por aprovechar el resquicio de una situación inestable, y el pueblo
español acaba por escupir de sí a todo el que “se aprovecha”. Lo que ha
desprestigiado más a la Monarquía fue que se “aprovechase” de los resortes del
Poder público puestos en su mano. Una
jornada magnífica como ésta, en que puede colocarse holgadamente y sin dejar la
deuda de graves heridas y hondas acritudes, al pueblo español frente a su
destino claro y abierto, puede ser anulada por la torpeza del propagandismo.
Yo confío en que los partidos al fin y
al cabo nuevos -algunos muy viejos, pero que hasta ahora no han logrado sumar
muchos votos- no pretenderán hacer
triunfar a quemarropa, sin lentas y sólidas propagandas en el país, lo peculiar
de sus programas. La falsa victoria que hoy, por un azar parlamentario,
pudieran conseguir caería sobre la propia cabeza. La historia no se deja
fácilmente sorprender. A veces lo finge, pero es para tragarse más
absolutamente a los estupradores.
Una cantidad inmensa de españoles que
colaboraron con el advenimiento de la República con su acción, con su voto o
con lo que es más eficaz que todo esto, con su esperanza, se dicen ahora entre
desasosegados y descontentos: “¡No es esto, no es esto!”
La República es una cosa. El “radicalismo”
es otra. Si no, al tiempo”.
José Ortega y Gasset
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“Un aldabonazo” por José Ortega y Gasset. CRISOL. DIARIO DE
LA REPÚBLICA, 9 DE SEPTIEMBRE, Año I, número 100. http://hemerotecadigital.bne.es/issue.vm?id=0003872100&search=&lang=es