25 de febrero de 2024

Historias de bulos con Historia. Madrid, mayo de 1936: el bulo de los caramelos envenenados (II de IV)

El Sr. CALVO SOTELO: Yo deseo formularle varias preguntas al Sr. Ministro de la Gobernación, y necesito dejar constancia de la razón de ser de esas preguntas.

No es difícil el cumplimiento de este requisito previo, porque el rosario amarguísimo de fechorías y de turbulencias que está esmaltando la vida española en estas últimas semanas late en la conciencia de todos los que aquí nos hallamos, aunque sea desconocido por gran parte de nuestros compatriotas.

Como no quiero molestar la atención de la Cámara con palabras innecesarias, habré de entregar al Diario de Sesiones una relación complementaria de la que facilite en anterior ocasión, que abarca y enumera, sintética y escuetamente, Ios episodios de violencia, de lucha, de sangre, de incendio y destrucción material y espiritual ocurridos en España desde el 1 de Abril hasta el 4 del corriente mes de Mayo. (El Sr. Ministro de la Gobernación: Añada S. S. los del día 6 con fascistas, en Santander, disparando tiros contra familias tranquilas, para que esté la estadística completa.) Los desconocía, pero como S. S. lo conoce, no tengo inconveniente en añadirlos, porque la relación es objetiva (no hecha por mí, naturalmente, ya que carezco de elementos informativos para ello), y cuando se habla de muertos y se conoce su filiación se indica, diciéndose unas veces que son guardias civiles; otras, socialistas, y otras, fascistas. La relación, repito, es objetiva y, por tanto, lo relativo al día 6 en la provincia de Santander, que desconocía, con mucho gusto por mi parte será incorporado.

Pero esta relación puede sintetizarse en unas cifras escuetas que me interesa hacer públicas en alta voz, llegando, repito, hasta el día 4 de Mayo. Son estas: muertos, 47; heridos, 216, de los cuales casi 200 graves; huelgas de toda especie, 38; bombas y petardos, 53 ; incendios totales o parciales, y en su mayor parte de iglesias, 52 ; atracos, atentados, saqueos, agresiones, etcétera, 99. Hay una variedad casi infinita en los  hechos englobados en estas cifras; es un cromatismo verdaderamente siniestro en el que pueden, apreciarse todos los matices de la maldad, de la barbarie suelta, del salvajismo y también, ¿por qué no decirlo?, de la autoridad ausente, cuando no cómplice. No falta en esta gama horrísona ninguna, absolutamente ninguna de las notas inhumanas imaginables por los hombres que tengan el espíritu más delirante. La nota grotesca o carnavalesca a cargo de aquellos comunistas de Llanes que el día 14 de Abril hicieron recorrer las calles de la villa a un asno que llevaba sobre sus lomos la bandera republicana. La nota sarcástica y cruel también de esos pobres curas de aldea que después de contemplar el incendio o el saqueo de sus iglesias y aun de sus casas rectorales, o de verlas convertidas en salón de baile o en círculo extremista, son objeto de la detención o de la deportación, cuando no del apaleamiento. La nota analfabeta, inconcebible, incalificable, que define todo un momento histórico, una situación y una fase política, de esos energúmenos de Polanco, pueblo natal de Pereda, una de las más purísimas glorias de la literatura española, que saquearon la casa en que había nacido Pereda y que estaba convertida en museo dedicado a perenne homenaje y recuerdo de su memoria. (Un Sr. Diputado: Y robaron todos los objetos artísticos que tenía allí la familia.) La nota zafia, de esa cafrería suelta, que ha destruido infinidad de cruceros artísticos y cruces visigóticas, perenne recuerdo de la tradición y muchas veces, además, magnificas joyas del arte nacional y de la riqueza española. La nota antiespañola, que hay que recoger aquí con toda energía, de que con motivo del entierro de esos dos hermanos Badía, cobardemente asesinados, lucieran espléndidamente los colores de la bandera separatista con la estrella solitaria ante las autoridades del Estado y de la República, sin la más leve protesta. (Protestas. Un Sr. Diputado: Ya veremos quien los asesinó, Sr. Calvo Sotelo, cobardemente.) Ya lo he dicho, cobardemente asesinados. (Un señor Diputado: Por de pronto hay señores fascistas.) Sea quien sea, digo que fue un cobarde el que los asesinó y que el asesinato de esos señores, como el de otros, es una cobardía. (Nuevas protestas. Un Sr. Diputado: Pido la palabra.)

El Sr. PRESIDENTE: No hay palabra en las preguntas.

El Sr. CALVO SOTELO: ¿Qué es eso de creer que nosotros establecemos un fielato más allí de la muerte para compadecernos de los que mueren cuando tienen un color político y no cuando tienen otro? Yo ante el que muere, si muere villana y violentamente, y aunque no muera así, como cristiano, rezo, y como caballero, me descubro. (Aplausos.)

Y para terminar en esta rapsodia de matices verdaderamente inconcebible, trágica y dolorosa, no falta el matiz más criminal, el más infrahumano, un matiz zoológico, de brutalidad inimaginable, que se ha revelado en los hechos que el señor conde de Gamazo exponía con tan sobria elocuencia y que consiste en la muerte a puñetazos, mordiscos y palizas de las turbas, de turbas que se amontonan en círculo alrededor de una víctima indefensa, que unas veces es, como en Lebrija, un teniente de la Guardia civil de paisano e inerme, y otras son, como anteayer en Madrid, pobres mujeres (algunas de las cuales están moribundas -una ha muerto, según me dicen-), y que, rodeadas de una maraña de arpías y de fieras, van poco a poco muriendo, desangrándose, desgarradas, sin un gesto de humanidad en nadie, precisamente por esa falta de autoridad a que antes he aludido. (Fuertes y violentas protestas.) –

El Sr. PRESIDENTE: Su señoría mismo tiene la culpa de lo que sucede, porque sabe perfectamente que lo que está diciendo sale de la esfera de un ruego o de una pregunta, que es para lo que le he concedido la palabra. Le suplico; pues, que se ciña a los términos de las mismas. (Continúan las protestas.)

El Sr. ALVAREZ ANGULO: La culpa la tenéis vosotros, que habéis mandado con los caramelos a Ias mujeres. (La Sra. Ibarruri: ¿Cuándo se va a traer al Parlamento el debate sobre lo de Asturias? Aplausos. La Sra. Nelken: Los verdugos no tienen derecho a hablar. Ni más ni menos. No se puede tolerar semejante impudor y semejante cinismo. Hable S. S. de lo de Carbayín. Un señor Diputado: Se atreven a hablar de crueldades los asesinos de Asturias.)

El Sr. CALVO SOTELO: Estos son los hechos. ¿Qué preguntas me sugieren, …,

… … … …

El Sr. CALVO SOTELO: Es que con relación a estos hechos, y a otros anteriores, se han realizado una serie de detenciones, que unos calcularon en 8.000, otros en 10.000 y hasta 12.000 españoles, muchos por ser fascistas, otros por parecerlo, otros por haberlo sido. Y tengo derecho a preguntar al Sr. Ministro de la Gobernación en qué se funda esa política de encarcelamiento en redadas, con un criterio tan ciego que en algunos casos ha producido situaciones, ya enojosas, ya grotescas porque se ha cogido toda una lista completa de personas adscritas a Falange Española en Madrid, pero que no pertenecen ya a esta organización, y se las ha ido a buscar (habiendo entre ellas fallecidos, emigrados, etc.) (Un Sr. Diputado: Explane S. S. una interpelación. Otro Sr. Diputado: Eso no se puede consentir. El Sr. Álvarez Angulo: ¡Que se hable de eso y no de las víctimas de Asturias es una vergüenza! Estáis haciendo lo que os da la gana.)

 … … … … … … …

Otra pregunta que deseo dirigir al Sr. Ministro de la Gobernación: … Que existe un Estado oficial constitucional trazado en la Constitución misma de la República, todos lo sabemos; pero es que ese Estado se halla mediatizado por otro subalterno, capcioso, muchas veces faccioso, por un Estado subversivo, integrado exclusivamente por el marxismo, que actúa sindicalmente en unos casos, y, políticamente, en otros. Actúa sindicalmente, sojuzgando a patronos y a obreros, al Estado y a la economía nacional, al servicio de un interés perfectamente legítimo, pero que no es siempre el interés nacional, que es el que debe pesar sobre todos los demás; y actúa políticamente, porque el Estado, en muchos casos ha descendido, ha degradado su propia jerarquía insustituible y suprema, consintiendo la incrustación apendicular de organismos milicianos marxistas que suplen a las fuerzas del Estado, que nunca debieran prestarse a tales sustituciones . (Fuerte rumores.) Y yo pregunto al Sr. Ministro de la Gobernación: ¿Cómo y por qué hay ciudadanos pertenecientes a una determinada fracción política que, invistiéndose de hecho de una autoridad que no les corresponde, cachean, registran, detienen y ejercen facultades policiacas, amparados unas veces y suplantando otras a los gobernadores civiles, que en provincias como Murcia y Valladolid han tenido que enfrentarse con estos elementos? Su señoría comprenderá que esta es una pregunta lícita.

Otro de los extremos que iba a tratar era el relativo al desarme. Yo debo decir que me parece muy bien que se desarme, si es por igual a las derechas y a las izquierdas. (Grandes rumores. Un Sr. Diputado: ¡Ahora, ahora! -El Sr. Álvarez Angulo: En Granada se han recogido más de veinte mil armas a las derechas.) ¿Qué piensa sobre esto el Gobierno? ¿Qué de tolerarse un criterio desigual?

11 de febrero de 2024

Historias de bulos con Historia. Madrid, mayo de 1936: el bulo de los caramelos envenenados (I de IV)

Cien años habían pasado desde aquella matanza de frailes de 1834 cuando se difundió también por Madrid en 1936 otro “bulo más y semejante al anterior. Las milicias del Frente Popular propagaron, tras las manifestaciones del “1 de Mayo”, que las monjas y catequistas habían repartido caramelos envenenados a los hijos de los obreros por el barrio de Cuatro Caminos, afirmando que habían muerto cinco de ellos en la Casa de Socorro de la Glorieta Ruiz Jiménez.

Hubo quema de conventos y asalto a templos de distintas ciudades, así como apaleamiento de las monjas salesas de Madrid, y todo ello ante la indiferencia del Gobierno republicano. Curiosamente nada de esto llegó a publicarse en los periódicos de la capital. La censura impuesta por la Ley de Defensa de la República no permitía esa información.

Sin embargo, gracias a que en el Diario de Sesiones de las Cortes constan los textos íntegros de los debates mantenidos, hemos podido saber hoy lo que entonces pudo ocurrir. De haber borrado el contenido de aquellas intervenciones como recientemente se ha hecho en el actual Parlamento, la amnesia colectiva lo hubiera hecho desaparecer de la Memoria Histórica.

El 6 de mayo de 1936, Juan Antonio Gamazo, diputado monárquico, tomó la palabra en el Congreso para dejar constancia en el Diario de Sesiones de unos acontecimientos que no tuvieron ningún eco en la Prensa por las razones antes expuestas. Lamentablemente, la historia no era nueva, como pudimos ver en el capítulo anterior, sobre el bulo del envenenamiento de algunas fuentes de Madrid, allá por 1834. Se divulgó entre las gentes que los monjes pretendían matar a las personas para quedarse con sus posesiones. Una vez más el fanatismo y la ignorancia se daban la mano, achacando a los frailes el haberse valido de la peste como un arma venenosa.

Como consecuencia de esta falsedad o “bulo” (“fake” se dice hoy) se produjeron los altercados que podemos leer en el Diario de Sesiones, y del que por su interés se reproducen las intervenciones más relevantes, observando las distintas reacciones ante un mismo suceso. La crispación ya existente entonces anticipaba el inicio de la guerra civil. Tras su lectura cada cual puede sacar sus propias conclusiones.

 

DIARIO DE LAS SESIONES DE CORTES. CONGRESO DE LOS DIPUTADOS.

PRESIDENCIA DEL EXCMO. SR. D. LUIS JIMENEZ DE ASUA

SESION CELEBRADA EL MIERCOLES 6 DE MAYO DE 1936

RUEGOS Y PREGUNTAS. Sucesos ocurridos anteayer en Madrid: preguntas del Sr. Gamazo. Interviene el Sr. Calvo Sotelo. Contesta el Sr. Ministro de la Gobernación. Prorroga de la sesión propuesta y acuerdo. Petición del Sr. Rufilanchas. Contesta el Sr. Presidente. Rectifican los Sres. Gamazo y Calvo Sotelo.

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El Sr. GAMAZO: Voy a desarrollar, señores, en pocas palabras, lo más brevemente posible, el asunto que iniciamos ayer, a última hora, en la Cámara. No os fijéis en las palabras, que, por ser mías, tienen poca importancia y serán malas; pero sí os ruego, Sres. Diputados, que os fijéis en los hechos que voy a relatar, que tienen una gran trascendencia para la tranquilidad del país. Quiero hacer estos comentarios sin pasión de ningún orden, sin más afán que el de remediar en España los males que la aquejan y la grave situación por que atraviesa.

Nosotros, Sres. Diputados, hemos venido aquí con la representación natural de las fuerzas políticas que nos pan traído. No podéis pretender, señores de la izquierda, que hagamos aquí coro a vuestras ideas y a vuestros procedimientos. Debemos responder a los que aquí nos trajeron y seríamos unos traidores a la opinión que nos ha dado su confianza si no siguiéramos esa conducta. Por tanto, las cosas que habréis de escuchar quizá no os halaguen y aparentemente quizá protestaréis; pero en el fondo habréis de comprender que tenemos razón.

Decía yo ayer, y repetía el Sr. Calvo Sotelo, que España vive en la anarquía y en el desorden y que estamos en plena barbarie, y yo quiero, señores Diputados, relataros los hechos ocurridos  en Madrid en un solo día, en un día nada anormal, en un día vulgar, corriente, por la pasión desencadenada de las multitudes, a las cuales no podemos atribuirlas la causa fundamental de sus errores, porque es evidente que no todas las personas tienen la cultura y la mesura debida; pero es preciso que la autoridad, desde su puesto, mantenga con su prestigio la normalidad de función de la vida de un Estado.

Intento de asalto en el convento de Franciscanos, a primera hora de la tarde del día 4; incendio del colegio de niños de San Vicente de Paul, en la calle de la Santísima Trinidad, num.2. Después de las tres y media, incendio en la iglesia de San Sebastián; en la iglesia de Raimundo Lulio prendieron la puerta en la esquina de la calle de Juan de Austria; los encargados de los surtidores de gasolina en las proximidades de los Cuatro Caminos piden auxilio a la Dirección general de Seguridad porque las turbas arrebatan, por la violencia, la gasolina de sus aparatos. En la plaza de Chamberí, esquina a la calle de Santa Engracia; los grupos detienen los coches particulares y les obligan a entregar la gasolina. Ya podéis suponer con que finalidad el arrebato de la gasolina.

En la iglesia de las Comendadoras de la plaza de Chamberí, incendio de las puertas, que apagan los bomberos. A esos bomberos se les reclama en seguida para apagar, en la calle de Galileo, un incendio cuya causa se ignora. No quiero ser apasionado.

Barriada de Tetuán. Incendio de la iglesia situada en la calle de Garibaldi y de una casa propiedad de D. Miguel Mas. Por cierto, señores, para no haceros tan monótona la lectura de esto, he de decir que me extraña que todos estos datos, que yo tengo recogidos de las galeradas de los periódicos censurados, aparecen clara, tranquila y profusamente en un periódico de Bilbao, adonde, sin duda, no alcanza la censura. No me explico el rigor de una censura en Madrid para que a las veinticuatro horas puedan venir las noticias en un periódico de Bilbao o de cualquiera otra parte de España. Me parece una cosa un poco forzada y violenta, y, realmente, de ninguna utilidad; se enteran con veinticuatro horas de retraso las gentes, pero al cabo se sabe lo que ha pasado.

En el barrio de Almenara, la iglesia y la casa del cura, quemadas. A las dos y media arde el colegio de Nuestra Señora del Pilar, anejo a la iglesia de los Ángeles. Las pobres monjas se descuelgan, con unas sabanas, por los balcones. Una señora francesa, apaleada en la calle de Pinos Altos: conmoción cerebral y visceral. A estas horas me dicen que esta pobre señora ha muerto. El Sr. Ministro de Estado sabrá esto, porque yo hablo aquí en nombre de los españoles; las reclamaciones diplomáticas yo no tengo que recogerlas. (El Sr. Ministro de la Gobernación: ¿El nombre de la señora?) La señora doña Fernanda Brunet, cuarenta y ocho años, calle de Joaquín Costa, 23. (Un Sr. Diputado: Está servido el señor Ministro.) Además, no quería hablar de un matrimonio, también francés, el Sr. Eugene Olivier y su mujer, porque no tengo completa seguridad, que en el Metro de Tetuán de las Victorias fueran apaleados, a los gritos de ¡Abajo los envenenadores! Hace años, señores, también se hablaba en Madrid de que se habían envenenado las aguas; pero hace de esto cien años. Yo no quiero decir, no quiero pensar si es que la Historia de España ha retrocedido cien años y que la cultura del pueblo español está donde estaba cien años atrás, porque de eso no somos nosotros los responsables.

Un guardia civil recibe un tiro en la mano, prestando servicio en la carretera, en el lugar de Puerta Bonita. Suenan unos disparos y un hombre que está prestando servicio, cumpliendo con su deber, resulta herido, sin que se sepa de qué.

La tragedia de dona Rafaela Armada de Sanchís es conocida de muchos de nosotros. Una señora que va a recoger a una hija, Carmelita en el convento de la calle de Ponzano; abre una persona - un hombre o una mujer- su saco de mano, encuentra en él unas señas del convento y no sé si una pequeña cantidad, y eso es motivo para que las gentes arremetan contra ella, para que digan que es una envenenadora, la saquen a la calle, la arrastren, le rompan una mano y tenga treinta heridas en la cabeza y un ojo medio perdido; la recoge una ambulancia de la Cruz Roja que pasa por casualidad por el lugar y la llevan  al equipo quirúrgico del doctor Segovia, en la calle de la Flor.

En la calle de Villamil son quince las señoras que hay dedicadas a la enseñanza, que alternan la enseñanza gratuita, en el colegio de la calle de Villamil, con 400 alumnos a quienes enseñan sin recibir nada, y la enseñanza relativamente remunerada en la calle de Francos Rodríguez, en otro local que tienen tomado para ello. Estas personas, a la vuelta de un colegio a otro, se encuentran con una multitud, que supone que son las envenenadoras; arremeten con ellas, les arrancan los pelos, las arrastran por las calles, les rompen las ropas, las hieren, y esto, señores, sin ninguna protección.

Yo comprendo, Sr. Ministro de la Gobernación, que no es posible que la fuerza pública esté en cada momento a la medida de la necesidad o de la angustia de la situación.

Yo sé que S. S. se ha preocupado de otras cosas; pero lo que tengo que decir es que la autoridad no es solo la fuerza pública. La autoridad se compone de dos factores: la fuerza material, que la impone, y el respeto, la fuerza espiritual, que la sostiene, y aquí, señores, la fuerza espiritual la ha perdido por completo el Gobierno; no es más que con la fuerza violenta con lo que se reprimen los movimientos, y es preciso que la autoridad en España recobre la fuerza espiritual, que la ha abandonado.

Cuatro monjas de un Patronato de enfermos, una de ellas Andrea de Miguel, en Cuatro Caminos, son arrastradas; pierden parte del cuero cabelludo.

Esto, señores, yo creo que es bastante; creo que a cualquier espíritu cruel le llenaría de satisfacción, de tranquilidad.

… … … … … …

Combatís al fascismo, os duele el fascismo, y yo os digo que el fascismo lo creáis vosotros. En las elecciones por Valladolid estuve enfrente de Primo de Rivera. En aquella elección ¡qué pocos votos tuvo en España! Pues bien; yo os digo que en las elecciones de Cuenca, en los pueblos donde yo he estado, digan lo que digan las actas, los primeros lugares eran para Primo de Rivera. Esa es vuestra obra.