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18 de septiembre de 2017

Las relaciones que D. Miguel de Unamuno mantuvo con F. E. y los falangistas

Cuenta Hugh Thomas en  “La guerra civil española. 1936-1939” (Vol.2),  Colección Dimensiones Hispánicas, Ediciones Grijalbo S.A.,  páginas 546-549, que 

“El filósofo vasco Miguel de Unamuno, sumo sacerdote de la generación 98, siguió un camino diferente. Como rector de la universidad de Salamanca, al empezar la guerra civil se había encontrado en territorio nacionalista. La República le había desilusionado, había admirado a algunos de los jóvenes falangistas, y dio dinero para el alzamiento. Todavía el 15 de septiembre apoyaba al movimiento nacionalista. Pero el 12 de octubre había cambiado de opinión. Estaba, como dijo más tarde, «aterrado por el cariz que estaba tomando aquella guerra civil, realmente horrible, debida a una enfermedad mental colectiva, a una epidemia de locura, con un sustrato patológico».

Hubo un tiempo en el que se ocultaron, e incluso se tergiversaron,  los distintos comportamientos que los intelectuales españoles, monárquicos o republicanos, liberales o conservadores, socialistas o comunistas, tuvieron desde la llegada de la II República hasta los años de la Guerra Civil y posteriores. 

El primero en manifestar públicamente su desengaño con la II República fue Ortega y Gasset con el artículo  “Un aldabonazo”. Sólo habían pasado cinco meses, tiempo suficiente para comprobar que el resultado de su colaboración activa  no era el deseado y afirmar  aquel “¡No es esto, no es esto!” 

En el trabajo “Postura de los intelectuales ante la II República y la Guerra Civil”  de Eva GUERDA RODRÍGUEZ se puede ver dónde  y cómo terminaron aquellos intelectuales. Bajo otro punto de vista, aunque bien documentado, Gonzalo Fernández de la Mora, dejó otro interesante estudio,  “Los Intelectuales y el 18 de Julio”.

De Unamuno, concretamente, sabemos que optó por el “bando nacional”, es decir, el  franquista, pero de su figura han pretendido apropiarse ideologías contrarias, y fue convertido en el     Mito de los “intelectuales” frente a los “militares” (Millán Astray)  por el incidente del Paraninfo. Unamuno se situó abiertamente con los rebeldes en contra del Frente Popular, y suyas son estas palabras: “hay que salvar la civilización, occidental la civilización cristiana: esta lucha no es una lucha contra una república liberal, es una lucha por la civilización”.

Ricardo García Cárcel repasa en “El pesimismo de la inteligencia” con perfección y equilibrio lo sucedido antes y después del enfrentamiento del Paraninfo, así como la personalidad histórica de Unamuno y sus  actitudes, el  ambiente que le rodeaba, y sus relaciones con otros intelectuales de su época. 

Los dos párrafos siguientes nos acercan a aquellos años críticos:
“El 14 de abril de 1931 estaba Unamuno en el balcón del Ayuntamiento de Salamanca proclamando la República. El 1 de mayo desfilaba, celebrando ese día, del brazo de Largo Caballero. Será nombrado Ciudadano de Honor de la República y presidente del Consejo de Instrucción Pública y elegido diputado de las Cortes Constituyentes. Estaba en la cúspide del prestigio político y cultural, pero su inconformismo era manifiesto. Cuando se elaboraba la Constitución de 1931 se quejaba de que la República se había equivocado «en hacer a un tiempo una revolución y una Constitución que la encauce, en haber querido hacer una revolución constitucional o una constitución revolucionaria». En octubre de 1931 se niega a votar el Estatuto catalán. En noviembre de 1932 en el ciclo de conferencias del Ateneo de Madrid se posiciona abiertamente contra Azaña, al que tildó de «faraón de El Pardo». En octubre de 1934 denunciará «las salvajadas revolucionarias de Asturias» así como la «insondable mentecatez de quienes quieren monopolizar la decencia y el patriotismo».

 (Drcha: Unamuno hacía su tertulia diaria en la terraza del Café Novelty, en la Plaza Mayor de Salamanca, junto al ayuntamiento.)

Cesado como rector vitalicio. Tras el 18 de julio de 1936 se adhirió a la causa del levantamiento militar. Se le atribuyó, incluso, que había donado 5.000 pesetas para el Alzamiento. El 19 de julio se sentaba ostentosamente en la terraza de la cafetería Novelty de la Plaza Mayor. En agosto era cesado de su condición de rector vitalicio por la República. Los intelectuales republicanos lo repudiaron. Luis Araquistain dijo de él que era un «histrión calculador disfrazado de austero puritano». José Bergamín, en el mitin de la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura, llegó a decir de él que «tenían que haberle fusilado». Ehremburg dijo que «habiendo querido ser Don Quijote no es ni siquiera Sancho Panza». Los franquistas lo repusieron como rector vitalicio de la Universidad.”

Pedro Fernández Barbadillo, en su reportaje “Las últimas palabras de Unamuno” efectúa un recorrido por los últimos cinco años de la vida del Rector  a través de unas citas entresacadas  de “La Vida de don Miguel” de Emilio Salcedo, haciendo especial hincapié en la unidad de España, en su lucha contra nacionalismos y separatismos, y en la enseñanza del castellano desde las Cortes Constituyentes. Este será uno de los puntos comunes con José Antonio Primo de Rivera, como pudimos ver en el diálogo habido durante su encuentro  previo al mitin de Salamanca. 

 Al acto del Paraninfo no se le dio ninguna importancia hasta finales de los años 60. Se trató de una campaña política contra la dictadura usando para ello el enfrentamiento de Unamuno con Millán Astray con un discurso reconstruido.

Resulta llamativo que Hugh Thomas diga de Unamuno que: “La República le había desilusionado, había admirado a algunos de los jóvenes falangistas, y dio dinero para el alzamiento” y omitiera hablar de la asistencia de Unamuno al mitin que el fundador de la Falange  Española dio el 10 de febrero de 1935 en Salamanca  y de otras conexiones más de Unamuno con los “jóvenes falangistas”, suficientemente conocidas pero no siempre recordadas.

Anteriormente a la asistencia al mitin sabemos por Emilio Salcedo (“La vida de don Miguel”, páginas 389-391) que “Unamuno, disconforme, profeta agorero de una etapa de calamidades, era todo un objetivo político. Así lo entendió el periodista Francisco Bravo, redactor jefe de «La Gaceta Regional» y fundador de la Falange en Salamanca…Bravo aseguró que don Miguel les recibiría y que el 29 de octubre de 1933 había escuchado en el Casino, por radio, el mitin fundacional y que, cuando alguien bromeó con el nombre de «el chico del dictador», no ocultó su desagrado por la manía española de prejuzgar las conductas”.

Sabemos también que dos años después se conocieron personalmente: “Perseguido por la Dictadura, no tendrá reparos en asistir, el 10 de febrero de 1935, a un mitin falangista y luego comer con los organizadores y entrevistarse en su propia casa con el hijo del Dictador, José Antonio Primo de Rivera, mostrando su simpatía por el joven y recién nacido fascismo español, lo que, según algunos, le costó el premio Nobel de literatura, que quedó desierto en 1936”.  (Luis E. Togores, Millán Astray, Legionario. página 196)

Las relaciones de Unamuno con los falangistas  se volvieron a poner de manifiesto con motivo de la salida del Paraninfo tras el enfrentamiento con Millán Astray, y los días de su muerte y entierro. 

Después de analizar el incidente con Millán Astray, dice de la salida del acto que     “La rápida actuación por parte de Millán Astray le salvó de una posible agresión del público. Salió dando la mano a la señora de Franco. […] Más tarde le defendieron los jóvenes falangistas porque sabían de la apreciación de José Antonio Primo de Rivera. […] Unas semanas después moría solo y olvidado: llevaron su féretro miembros del falange fascistas aunque el rector nunca fue falangista ni siquiera verdaderamente simpatizante del fascismo español”. (Ricardo García Cárcel. El pesimismo de la inteligencia)

Jon Juaristi  en el artículo “FALANGISMOS”. exculpa a los jóvenes  falangistas de agredir a Unamuno en aquel momento del Paraninfo, acusados de ello por otros autores:
“TRAS la famosa bronca con Millán Astray en la Universidad de Salamanca, el 12 de octubre de 1936, Unamuno fue rápidamente evacuado hacia su domicilio por la señora de Franco, que, en teoría, lo habría librado así de ser linchado por los enfurecidos falangistas que asistieron al acto académico de exaltación de la Hispanidad. Siempre desconfié de esta leyenda. Desde esa fecha hasta su muerte, mes y medio después, y a despecho de la vigilancia policial que los militares le habían impuesto, el escritor vasco no dejó de ser acompañado y protegido por admiradores falangistas. Su entierro, el día de año nuevo de 1937, se convirtió en un homenaje de Falange a su memoria. Porque Falange Española adoptó amorosamente a Unamuno. En mi biografía de don Miguel (Taurus/Fundación Juan March, 2012), aduje que, en la fotografía tomada a la salida del paraninfo, el anciano rector aparece rodeado de jóvenes falangistas que cantan o gritan consignas brazo en alto, pero no lo acosan ni intimidan. Más bien parecen darle escolta. ¿De quién o quiénes lo protegen? Obviamente, del general Millán Astray y de sus legionarios.”

En capítulos ya publicados hemos visto que el día en el que murió Unamuno estaba acompañado por el joven profesor falangista, Bartolomé Aragón, y que el día de su entierro su féretro fue llevado a hombros por falangistas. 

Barbadillo lo resume así:

“A las cuatro y media de la tarde del 31 de diciembre, mientras el viento frío sacude las maderas de las casas, el profesor Bartolomé Aragón, falangista, visita a Unamuno en su casa. Éste lo primero que hace es agradecerle que no vaya vestido con camisa azul y luego pronuncia un monólogo trabado de recuerdos y de opiniones sobre lo español y los españoles. Hablan un poco más. Aragón dice: "La verdad es que a veces pienso si no habrá vuelto Dios la espalda a España disponiendo de sus mejores hijos."

Una versión de esos dos últimos días la podemos leer en el artículo de El Español  “80 años de su fallecimiento. Las horas finales de Unamuno: "España no puede perderse", gritó. Y murió.”, en el que se constatan las relaciones con los falangistas eran notables. 


En las próximas entradas analizaremos en profundidad las distintas versiones de muchos autores del conocido enfrentamiento que Unamuno mantuvo con Millán Astray, lo que hubo de verdad y lo que interesadamente se ha contado.

28 de agosto de 2017

Unos lo ignoraron y otros lo ocultaron: Unamuno asistió al mitin de José Antonio Primo de Rivera en Salamanca

En la entrada anterior se trató el encuentro  que Unamuno y José Antonio tuvieron en el domicilio del primero. Retomemos el relato que nos ofrecía Francisco Bravo  en su obra "JOSÉ  ANTONIO. EL HOMBRE, EL JEFE, EL CAMARADA" (Páginas 34 -37)

“Se hacía tarde. Me permití indicar que era la hora del mitin. Nos despedimos cordialmente de don Miguel. Pero éste, con asombro nuestro, nos dijo: 

—Voy con ustedes.”

Buscó una boina, pues el día era de una temperatura gélida. Como se dispusiera a salir sin abrigo—tal  fué  siempre  su  costumbre,  como  la  de  ir  a  pelo,  por  lo  que  venía  a  ser  uno  de  los  primeros "sin-sombreristas" de España—, yo le reprendí cariñosamente, asombrando un poco con mi  tono  amistoso  a  José  Antonio,  que  en  toda  la  visita  no  había  podido  desprenderse  de  una  intimidación causada por la presencia, la palabra y el gesto del gran escritor. 

—Me ha autorizado su hijo Fernando para multarle cuando salga usted de casa sin abrigo. Don  Miguel  sonrió.  Y  después,  por  las  calles  de  la  ciudad,  ante  el  asombro  de  grupos  de  extremistas que rondaban las esquinas sin atreverse, no obstante su deseo, a penetrar en el teatro donde dábamos el mitin, para perturbar, fuimos al acto. Iba en el centro don Miguel y a su derecha José Antonio. Yo le decía a Sánchez Mazas, contento de la entrevista, que tenían razón las gentes para asombrarse, como más tarde sucedería en el mundo entero, cuando las agencias dijeran que el más destacado liberal español, el más decidido campeón del liberalismo, había aplaudido al jefe fascista  de  la  nueva  generación  de  España  y  sentándose  a  sus  manteles,  espontáneamente,  por  afición  a  presenciar  el  ardor,  la  tensa  exaltación  de  los  precursores  de  una  corriente  espiritual,  política y moral, destinada a presidir la resurrección de la Patria.
Don  Miguel  se  sentó  en  una  platea,  ante  la  curiosidad  de  los  cientos  de  personas  que  llenaban  el  teatro.  Fué  en  buena  parte  protagonista  del  acto.  Sánchez  Mazas  dijo  en  un  discurso  literario este párrafo dirigido al viejo rector:

(Derecha, Discurso de J.A. Primo de Rivera en Salamanca)

"Hemos venido a Salamanca para recordar los lazos entrañables que nos ligan con una de las  figuras  españolas  más  originales  y  fuertes  de  la  época,  para  subrayar  que  nos  unen  con  don  Miguel  de  Unamuno  disparidades  entrañables,  como  también  con  otras  gentes  nos  separan  afinidades  de  origen.  Don  Miguel  es  el  adversario  que  enseña  y  del  que  puede  aprenderse,  y  nosotros,  que  tenemos  como  fin  principal  exaltar  todos  los  valores  de  España,  no  podemos  por  menos de saludarle al hablar en esta su Salamanca imperial, labradora y letrada." 

Y también añadió: 

"Nosotros  somos  del  Cristo  español,  teológico,  trágico  y  poético  que  es  el  mismo  de  don  Miguel  de  Unamuno,  y  no  del  Cristo  belga,  sociológico,  economístico  y  utilitario  del  señor  Gil  Robles  y  de  don  Ángel  Herrera.  He  aquí,  pues,  otro  motivo  para  que  reconozcamos  lo  que  el  pensamiento de Unamuno representa en el panorama español." 

También José Antonio aludió a la "voz familiar y magistral" de don Miguel, denunciador de los  errores  de  la  República  en  su  primer  bienio.  Y  si  no  logró,  como  otras  tantas  veces,  que  su  oratoria  fuera  ágil  y  bella  como  un  pájaro  de  acero  y  certera  en  su  rumbo,  acaso  fué  por  la  presencia  de  Unamuno,  que  le  turbó  hasta  el  instante  mismo  de  su  marcha  de  la  ciudad,  de  regreso a Madrid. 

Después  del  mitin  fuimos  con  José  Antonio  al  Gran  Hotel  a  comer.  Y  son  sorpresa  nos  encontramos  allí  a  don  Miguel,  acompañado  de  Eugenio  Montes,  José  María  Alfaro,  Fernández  Cuesta  y  otros  camaradas  de  León,  Burgos  y  Zamora.  Comimos  todos,  entregados  a  una  conversación  literaria  y  política  de  la  que  eran  guías  don  Miguel  y  José  Antonio.  Y  al  terminar  y  separarnos del rector, éste dijo, estrechando la mano a nuestro jefe: 

—    ¡Adelante! Y a ver si ustedes lo hacen mejor que nosotros. 

José  Antonio  irradiaba  satisfacción  por  el  interés  del  acto—Salamanca  era  entonces  la  Meca del populismo—, por la disciplina de la Organización, pero sobre todo por su aproximación a don Miguel. Yo, que le conocía bien, refrené su entusiasmo: 

—Verás cómo dentro de unos días empieza a "meterse" con nosotros. Lo ha hecho siempre y  con  todos  y  no  vamos  a  ser  una  excepción.  Pero,  desde  luego,  contribuirá  su  presencia  a  la  resonancia  del  mitin.  Nosotros  aplicaremos  a  la  Falange  lo  que  él  dice  de  sí  mismo:  "El  caso  es  que hablen de uno, aun cuando sea mal."

Emilio Salcedo da la misma versión en “La vida de don Miguel”, Ediciones Anaya, (página 389-391), pero con matices: 

“El tiempo apremia ya a los visitantes. Bravo, temeroso de que el acto que él organizó pueda fracasar por falta de puntualidad, indica que hay que despedirse. Primo de Rivera se despide, y Unamuno, auscultador del alma humana, les dice que le esperen, el tiempo de quitarse las zapatillas y calzarse. Los falangistas se asombraron, como se asombraron quienes vieron pasar a Unamuno por las calles, camino del teatro Bretón, para asistir al mitin que iba a dar el hijo del hombre que le había desterrado.

Don Miguel ocupó un palco y según cuenta Francisco Bravo, Primo de Rivera, que aludió a la «voz familiar y magistral» del rector salmantino, estuvo un poco cohibido y su discurso no fue de los más afortunados y brillantes.

Después se celebró un banquete, al que invitaron a Unamuno.
- ¿Por qué no? —contestó el viejo liberal.

«Después del mitin —continúa narrando Bravo— fuimos con José Antonio al Gran Hotel a comer. Y con sorpresa nos encontramos allí a don Miguel, acompañado de Eugenio Montes, … Comimos todos, entregados a una conversación literaria y política de la que eran guías don Miguel y José Antonio Y al terminar y separarnos del rector, éste dijo, estrechando la mano de nuestro Jefe:

»— ¡Adelante! Y a ver si ustedes lo hacen mejor que nosotros.»

De aquel mitin en el teatro Bretón lo más valioso quizá fue la presencia de don Miguel de Unamuno, que supuso, ante los ojos de muchos, un respaldo moral del viejo maestro universitario a los jóvenes discípulos falangistas. Aquel gesto cordial y espontáneo de don Miguel jamás sería olvidado por los intelectuales de la Falange, quienes en los difíciles días de la guerra, cuando tras el incidente con Millán Astray el rector vive destituido y acosado, le corresponden con afecto y amistad.

Algo después en «Ahora» contó Unamuno que había acudido a aquel mitin y al banquete; pero que eso no significaba su adhesión, sino sólo su presencia y atención. Don Miguel había atacado, seguía atacando por igual, a las J. O. N. S., que él creyó anagrama de Juventudes en vez de Junta en un artículo que tituló I. O. N. S., dando a la I. el valor de infancia irresponsable. En su famoso artículo titulado Cruce de miradas, aparecido en diciembre de 1934, había hablado del joven que él buscaba: «Alguno he podido vislumbrar —basta verlo y ver cómo mira—, que es, como yo era a su edad, un solitario, ni fu ni fa, quiero decir, ni de FE, ni de FUE, ni de JAP, ni de JONS, ni de TYRE, ni de requeté, ni socialista, ni comunista.»

Bravo no debía recordar esta postura tan constante de Unamuno y demostraba desconocerlo mucho, pese a su trato diario, cuando se asombró de que don Miguel saliese por los fueros de su independencia de viejo liberal no adscrito a ningún partido. (Recuérdese el final del relato de Bravo  y se observará la contradicción).  El rector hubiese ido aquel día a cualquier mitin, sin entender que su papel de espectador le comprometía formalmente. En el número segundo del semanario «Arriba» escribió Bravo un artículo sin firma, del que él mismo se me declaró orgullosa-mente autor, en los largos años en que trabajé en su periódico, que es una verdadera antología del insulto dirigida contra el hombre al que quiso atraer al partido que él capitaneaba en Salamanca”.

Jon Juaristi también da su versión del mitin en  “Miguel de Unamuno (Colección de españoles eminentes)” aportando algún dato más sobre el encuentro:

“El domingo 10 de febrero, Falange celebró un mitin en el Teatro Bretón de Salamanca, en el que intervinieron José Antonio Primo de Rivera, Alejandro Salazar, líder del SEU, y el navarro Manuel Mateo, fundador y dirigente de la Central Obrera Nacional Sindicalista….

Miguel y su hijo Fernando  recibieron a los visitantes y accedieron finalmente a acudir al mitin, como un gesto de cortesía. Pero ello implicó un paseo en grupo desde la casa de Bordadores hasta el teatro, lo que produjo en la ciudad un fuerte escándalo. La noticia se difundió por España, y el domingo siguiente, desde el Heraldo de Madrid, el azañista Roberto Castrovido, coetáneo y amigo de Miguel, la comenta con sarcasmo y amargura. Un mes nías tarde, el 23 de marzo, Unamuno arremete en un artículo publicado en Ahora —«Otra vez con la juventud» — contra los jóvenes fajistas, y afirma que fue manipulado por los organizadores del mitin. La respuesta de éstos, sin firma, viene de la mano de Francisco Bravo en Arriba, tachando a Unamuno de exhibicionista grotesco y «viejo avariento», más semejante a Torres Villarroel que a Sócrates.

El asunto, con todo, se olvida pronto. El 25 de enero, la Universidad de Salamanca había acordado pedir el Premio Nobel de Literatura para Unamuno, iniciativa a la que se irán sumando otras instituciones, como la Academia Argentina de la Lengua." …

Joan Maria Thomàs, por su parte cuenta  en “José Antonio: Realidad y mito”,  que
“Seguidamente, Unamuno y su hijo acompañaron a los tres falangistas al mitin, al que asistieron como gesto de cortesía;(105) y de igual modo a la posterior cena, durante la cual Unamuno siguió departiendo con Primo y el resto de los falangistas. Su paseo compartido por las calles de Salamanca trascendió por toda España, y una semana más tarde el azañista Roberto Castrovido, amigo del catedrático, lo comentó amargamente en el Heraldo de Madrid.

José Antonio habría regresado a Madrid conmovido, y, al parecer, su propia intervención en el mitin de ese día había resultado menos lucida de lo habitual por la impresión que la presencia de Unamuno le producía. Según Bravo, siendo como era éste, no sería extraño, sino previsible, que muy pronto cambiase de actitud y criticase a la Falange, o a su líder, aunque esto, a la vista de lo que efectivamente ocurrió, podría ser una justificación ex post facto. Y es que, efectivamente, fuese por efecto del artículo de Castrovido o por otra razón, Unamuno publicó poco después en Ahora un artículo («Otra vez con la juventud») en el que afirmaba de José Antonio, demostrando su gran percepción: «Es un muchacho que se ha metido en un papel que no le corresponde. Es demasiado fino, demasiado señorito y, en el fondo, tímido para que pueda ser un jefe y, ni mucho menos, un dictador». Y añadía que, para ser un líder fascista, era preciso ser «epiléptico». Arriba replicó de inmediato con un artículo no firmado, pero al parecer obra de Bravo, en el que, con gran agresividad, se te tachaba de «viejo avariento» y «exhibicionista grotesco» (106). Sin embargo, más que tales exabruptos, lo que debió de quedar en la mente del catedrático es el recuerdo del paso en falso que había dado al asistir al mitin fascista y la posibilidad de que ello hubiera influido en que no le concediesen el Premio Nobel[107] para el que había sido propuesto por diferentes instituciones españolas e hispanoamericanas en 1935. De hecho, volvería a referirse al fascismo —esta vez junto al bolchevismo— como «enfermedad mental» en la breve alocución que pronunciaría en la Salamanca «nacional» el Día de la Raza de 1936, cuando se enfrentaría, entre otros, al general Millán-Astray, en su caso defendiendo la inteligencia (108) que éste había denostado en su presencia.”  

Resulta curioso leer  en el mismo texto anterior que  Unamuno acuse a José Antonio de falta de carisma para ser un líder fascista y el autor catalán le tilde de serlo.

Otra curiosidad más. Los narradores de este episodio se han referido al discurso pronunciado por José Antonio, calificándolo de simple y menos lucido de lo habitual, pero de su contenido, salvo Bravo,  no han aportado absolutamente nada  para que sean los lectores quienes lo juzguen, y que pueden leer en las cuatro páginas  alojadas en esta entrada . 

2 de agosto de 2017

El día que Unamuno recibió a Primo de Rivera en su casa de la calle Bordadores

Cuando Hugh Thomas relató el enfrentamiento de Unamuno con Millán Astray, mencionó (refiriéndose a don Miguel) que  “La República le había desilusionado, había admirado a algunos de los jóvenes falangistas, y dio dinero para el alzamiento.”  (“La guerra civil española. 1936-1939” (Vol.2),  Colección Dimensiones Hispánicas, Ediciones Grijalbo S.A.,  páginas 546-549). Lo sorprendente es que el historiador se emplease a fondo en la descripción del incidente y omitiese el encuentro que Unamuno tuvo en su casa de Salamanca con el fundador de Falange Española el 10 de febrero de 1935. Hoy analizaremos este episodio, narrado por distintos  autores.
Francisco Bravo en su obra "JOSÉ  ANTONIO. EL HOMBRE, EL JEFE, EL CAMARADA". Ediciones Españolas, S. A, 1940, páginas 34-37, describe así el encuentro  de José Antonio con Unamuno al que él mismo asistió personalmente:

José Antonio y Unamuno 
"Llevé durante muchos años y sometida a alternativas, como era natural dado el carácter de don  Miguel  de  Unamuno,  una  buena  amistad  con  él,  admiración  por  sus  virtudes,  reproche  de  discípulo desengañado por sus grandes defectos. José Antonio la conocía, y como sentía un fuerte deseo por ser presentado al viejo rector, le prometí hacerlo. Don Miguel, hombre de fácil acceso, asintió encantado a mi propuesta. 
El día 10 de febrero de 1935 se celebró en Salamanca el primer mitin de Falange Española de las J. O. N. S. en la provincia. Dos horas antes acompañé a José Antonio y a Sánchez Mazas a casa  de  don  Miguel,  en  la  calle  salmantinísima  de  Bordadores,  junto  a  la  "Casa  de  las  Muertes".  
Entramos  los  tres  en  aquel  frío  despacho  donde  don  Miguel  escribía,  sin  brasero,  como  si  le  calentase y sostuviese su ardor interior. La estancia era para mí familiar, aun cuando hacía varios años  que  no  ponía  mis  pies  en  ella.  En  sus  últimos  años,  y  no  obstante  su  poderoso  talento,  el  maestro  no  era  capaz  de  substraerse  a  manías  y  preocupaciones  que  enturbiaban  aquel  ingenio  maravilloso que años antes era un venero de cultura, de espiritualidad y de ironía. 
Curioseamos por las estanterías, sobrecargadas de libros. Había sobre la mesa de trabajo unas cuartillas comenzadas, donde don Miguel, con aquella su letra casi microscópica, volcaba sus paradojas y sus ideas. Sería quizá algún artículo para América o para la Prensa de Madrid, porque el  autor  de  "La  vida  de  Don  Quijote  y  Sancho"  era  ya,  sobre  toda  otra  cosa,  un  periodista.  Unos  minutos después entró don Miguel sin hacer ruido, por ir calzado con unas zapatillas de abrigo. Yo pensé que también sería interesante algún día escribir un "Don Miguel en zapatillas", tal como se hizo con Anatole France. 
—Buenos días, don Miguel. Aquí tiene usted a José Antonio y a Rafael Sánchez Mazas—le dije yo presentándole a mis camaradas. 
Don Miguel les dio su mano pequeña y sarmentosa, mientras inquisitivamente se fijaba en José Antonio, que se sentía un poco cohibido en presencia de aquel hombre, todavía en la belleza de  su  noble  senectud  —más  alto  quizás  que  él  mismo—,  que  tantas  ferocidades  había  dicho  y  escrito de su padre. Y como acostumbraba a hacerse el dueño de la conversación, sin andarse con rodeos, Unamuno se encaró con Sánchez Mazas y le dijo: 
—Usted y yo somos un poco parientes. 
Y en tanto que Rafael sonreía con su perfil de pájaro mejor que con su boca, halagado por aquel  parentesco,  el  viejo  bilbaíno  que  fué  siempre  don  Miguel  hizo  una  incursión  por  su  genealogía  y  la  de  Sánchez  Mazas,  aludiendo  a  personas  y  anécdotas,  como  si  rehuyera  hablar  directamente con José Antonio. 
Como hacía mucho frío, estuvimos de pie un buen rato. Luego don Miguel ocupó su sillón de cuero y nos sentamos sobre sillas de enea. Y agotado el tema del bilbainismo y del parentesco, don Miguel volvió a dirigirse a José Antonio: 
—Sigo los trabajos de ustedes. Yo soy sólo un viejo liberal que he de morir en liberal, y al comprobar que la juventud ya no nos sigue, algunas veces creo ser un superviviente. Cuando de estudiante me puse a traducir a Hegel, acaso pude ser uno de los precursores de ustedes. 
—Yo  quería  conocerle,  don  Miguel—vino  a  decir  José  Antonio—,  porque  admiro  su  obra  literaria  y  sobre  todo  su  pasión  castiza  por  España,  que  no  ha  olvidado  usted  ni  aun  en  su  labor  política de las Constituyentes. Su defensa de la unidad de la Patria frente a todo separatismo nos conmueve a los hombres de nuestra generación. 
—Eso  siempre.  Los  separatismos  sólo  son  resentimientos  aldeanos.  Hay  que  ver,  por  ejemplo,  qué  gentes  enviaron  a  las  Cortes.  Aquel  pobre  Sabino  Arana  que  yo  conocí  era  un  tontiloco. Maciá también lo era, acaso todavía más por ser menos discreto. Estando yo en Francia, cuando la Dictadura, se empeñó en que hablásemos en un mitin contra "aquello". Yo me negué. Y él lo hizo ante unos cientos de curiosos a los que se empeñó en hablarles en catalán, siendo así que la mayoría de los españoles presentes no le entendían. Era un viejo desorbitado, absurdo. 
Don  Miguel  había  aludido  a  la  Dictadura.  Habían  ya  transcurrido  cuatro  años;  pero  en  la  sensibilidad de José Antonio—orgulloso de su padre por amor y por reacción contra todo un mundo de  hostilidades—,  la  menor  alusión  al  septenio  de  gobierno  de  su  padre  le  ponía  nervioso.  Sin  darse cuenta, don Miguel siguió "metiéndose" con Maciá, por su grotesco intento de Prat de Molió, aludiendo duramente a los manejos policíacos que aprovecharon la manía del "Avi" para lograr un efecto político. 
Intervine a tiempo. José Antonio me miraba inquieto. 
—Bueno, don Miguel. Aquello del padre de José Antonio es ya historia. Díganos cuándo le apuntamos para Falange. 
Don Miguel sonrió. Los ojos le brillaban de malicia. 
—Sí; aquello es historia. Y lo de ustedes es otra historia también. Yo jamás me apunté para nada.  Como  tampoco  jamás  me  presenté  candidato  a  nada;  me  presentaron.  Pero  esto  del  fascismo yo no sé bien lo que es, ni creo que tampoco lo sepa Mussolini. Confío en que ustedes tengan,  sobre  todo,  respeto  a  la  dignidad  del  hombre.  El  hombre  es  lo  que  importa;  después  lo  demás,  la  sociedad,  el  Estado.  Lo  que  he  leído  de  usted,  José  Antonio,  no  está  mal,  porque  subraya eso del respeto a la dignidad humana. 
—Lo nuestro, don Miguel—le dijo José Antonio—, tiene que asentarse sobre ese postulado. Respetamos  profundamente  la  dignidad  del  individuo.  Pero  no  puede  consentírsele  que  perturbe  nocivamente la vida en común. 
—Pero yo confío en que no lleguen ustedes a esos extremos contra la cultura que se dan en  otros  sitios.  Eso  es  lo  que  importa.  No  es  posible  que  la  juventud,  por  muy  estupidizada  que  esté,  y  yo  lo  creo  sin  ánimo  de  molestarles,  caiga  en  el  horror  de  creer  que  el  pensar  es  una  "funesta  manía";  la  funesta  manía  de  pensar  de  aquellos  bárbaros  de  Cervera.  Por  cierto  que  el  otro día, y con motivo de una huelga en la Universidad, recibí a un grupo de muchachos de los de ustedes. Les pregunté qué querían; qué era eso de la Falange. 
—Estarían  aturdidos  ante  usted  y  no  sabrían  explicárselo—corté  yo  antes  de  que  don Miguel lanzase contra ellos alguno de sus trenos. 
—No  sé.  Pero  no  sabían  bien  lo  que  querían.  Y  eso  me  prueba  que  hay  un  peligro  de  desmentalización de los muchachos. No conviene que ustedes acentúen esa tendencia pasional.
—Pero usted, don Miguel—dijo Sánchez Mazas—, ha escrito a veces otra cosa. 
—Acaso. Llevo ya más de cuarenta años de escritor y unas veces me olvido de lo que dije y otras  me  contradigo  y  repito.  Eso  es  lo  humano.  Una  vez,  siendo  presidente  de  unos  Juegos  Florales o algo así, envió un chusco amigo mío una poesía que a mí me "sonaba" al leerla. No me gustó;  no  la  premiamos  ni  mencionamos  siquiera.  Luego  resultó  que  era  mía  y  que  yo  no  me  acordaba de ella. Eso me pasa con las ideas y con los pensamientos. Pero crean ustedes que hay un  peligro  terrible  para  la  cultura  y  el  espíritu  en  que  se  lance  a  la  juventud  a  la  borrasca  de  la  pasión y no a la tarea de pensar y criticar. 
—Estamos necesitados, don Miguel, de una fe indestructible en España y en el español—aseveró José Antonio. 
—¡España! ¡España! 
Y  ante  este  nombre  sagrado,  que  sus  labios  proferían  con  unción,  rescatando  tanta  paradoja   egolátrica,   don   Miguel   se   emocionaba.   Estaban   ante   él   tres   hombres   jóvenes,   exasperados  y  vehementes,  que  habían  formado,  con  otros  de  su  generación,  una  compañía  catilinaria  para  exaltar  la  Patria.  Y  en  aquel  momento  don  Miguel,  el  viejo  liberal  "del  liberalismo  que  es  pecado",  aquel  contradictorio  y  apasionado  don  Miguel  era  como  si  sintiera  nuestras  mismas  preocupaciones,  participando  de  nuestra  exaltación  contra  todos  los  malandrines  que  no  sabían entender ni sentir lo que la Patria es y representa. 
—Muchas veces—decía el rector mirando a los árboles de las Úrsulas, desnudados por el invierno— he  pensado  que  he  sido  injusto  en  mis  cosas;  que  combatí  sañudamente  a  quienes  estaban enfrente; acaso quizás a su padre. Pero siempre lo hice porque me dolía España, porque la quería más y mejor que muchos que decían servirla sin emplearse en criticar sus defectos. 
—También  nosotros,  don  Miguel,  hemos  llegado  al  patriotismo  por  el  camino  de  la  crítica. 
Eso lo he dicho yo antes de ahora—dijo José Antonio—. Y hoy, en esta Salamanca unamunesca, voy  a  decir  a  quien  nos  escuche  que  el  ser  español  es  una  de  las  pocas  cosas  serias  que  se  pueden ser en el mundo. 
—Muy bien. Pero sin xenofobia. ¡El hombre, el hombre! Y también el español y España. Y los valores del espíritu y de la inteligencia. Pero cuidado con que ustedes aticen esa propensión a desmentalizarse que tienen nuestros muchachos. 
Volvía don Miguel a su cantata. Y con la desenvoltura de mi confianza, yo le dije de nuevo: 
—¿Por qué no nos ayuda usted en la lucha contra los separatismos? En el fondo, nosotros somos   sus   discípulos   y   hemos   aprendido   en   usted   a   sentir   a   España,   con   orgullo,   apasionadamente. Pero son los liberales, los hombres retrasados del XIX, los que ponen en peligro la Patria. 
—Usted repite mucho esa tontería de Daudet sobre el "estúpido siglo XIX". Pero eso no es verdad. Yo lo defiendo. Vivimos ahora mismo de su herencia. Incluso lo de ustedes tuvo en él sus primeros maestros. Después de Hegel, Nietzche, el conde José De Maistre, aquel gran desdeñoso que gritaba a sus adversarios: "No tenéis a vuestro lado más que la razón..." 
—Nosotros no queremos nada con De Maistre, don Miguel—le replicó José Antonio—. No somos reaccionarios. 
—Mejor para ustedes. 
Se hacía tarde. Me permití indicar que era la hora del mitin. Nos despedimos cordialmente de don Miguel. Pero éste, con asombro nuestro, nos dijo: 
—Voy con ustedes.”
Lo sucedido después, la asistencia al mitin y sus consecuencias, lo veremos en la siguiente entrada.

El "encuentro" anterior  lo han contado también otros autores, pero han partido de la fuente original de Francisco Bravo, y  a cuyo texto le han suprimido algunas partes. Tanto Emilio Salcedo  en “La vida de don Miguel”, Ediciones Anaya, (página 389-391), como Antonio Gibello en “José Antonio. Apuntes para una biografía polémica”, de Editorial Doncel, (páginas 247-250) han permanecido más o menos fieles a lo escrito por Bravo, a pesara de las omisiones.

Jon Juaristi en su libro “Miguel de Unamuno (Colección de españoles eminentes)” aporta algún dato más sobre el encuentro:

“El domingo 10 de febrero, Falange celebró un mitin en el Teatro Bretón de Salamanca, en el que intervinieron José Antonio Primo de Rivera, Alejandro Salazar, líder del SEU, y el navarro Manuel Mateo, fundador y dirigente de la Central Obrera Nacional Sindicalista. Horas antes del comienzo del acto, José Antonio Primo de Rivera se presentó en casa de Unamuno acompañado por Rafael Sánchez Mazas y Francisco Bravo, jefe de la Falange salmantina. A Unamuno le unía con Sánchez Mazas cierto parentesco a través de la abuela del escritor falangista, la poetisa Matilde de Orbegozo, y Bravo era amigo de su hijo Fernando, Miguel y éste recibieron a los visitantes y accedieron finalmente a acudir al mitin, como un gesto de cortesía”. 

Por su parte, Joan Maria Thomàs, al tratar ese encuentro en su obra “José Antonio: Realidad y mito” muestra una visión diferente y crítica:

“Por entonces (José Antonio) había conseguido visitar a uno de sus antiguamente denostados intelectuales, Miguel de Unamuno, a quien tenía gran interés en conocer personalmente para explicarle cómo el antiseparatismo del catedrático de Salamanca había inspirado su propio pensamiento y para, consciente o inconscientemente, mostrarle las diferencias existentes entre él y su proyecto.... y los de su padre, antiguo enemigo del escritor. Debía de sentirse agradecido porque Unamuno hubiese escrito favorablemente sobre su posicionamiento en contra el Estatuto de Cataluña, que también aborrecía. Eso le había dado pie al acercamiento a un Unamuno que había influido decisivamente en la formación de sus ideas y a quien, en el fondo, respetaba profundamente. De hecho, don Miguel había cambiado, y ya no veía la Dictadura como antaño.[102] Como tampoco vería inicialmente mal el alzamiento del 18 de julio.
El encuentro se había producido poco antes, el 10 de febrero de1935, a raíz del primer mitin de FE de las JONS en el Teatro Bretón de Salamanca. Desplazado allí José Antonio, acudió al domicilio del escritor junto con Francisco Bravo, dirigente falangista salmantino y periodista, y Rafael Sánchez Mazas, los tres oradores del mitin de ese día. 
Cita el relato de Jon Juaristi, y añade  que:

 “Si hemos de creer la versión que ha dejado Bravo de lo sucedido en la casa del catedrático, le habría dicho allí José Antonio (104) «Yo quería conocerle, don Miguel, porque admiro su obra literaria y, sobre todo, su pasión castiza por España, que no ha olvidado usted ni aun en su labor política de las Constituyentes. Su defensa de la unidad de la Patria frente a todo separatismo nos conmueve a los hombres de nuestra generación». Unamuno, en su respuesta, habría aludido indirectamente a la Dictadura, ante lo que José Antonio se tensó inmediatamente y Bravo terció con un «Bueno, don Miguel. Aquello del padre de José Antonio   ya historia. Díganos cuándo le apuntamos para la Falange».  A lo que habría respondido el escritor: «Sí, aquello es historia. Y lo de ustedes es otra historia también (…). Pero esto del fascismo yo no sé bien lo que es, ni creo que tampoco lo sepa Mussolini. Confío en que ustedes tengan, sobre todo, respeto a la dignidad del hombre. El hombre es lo que importa; después, lo demás, la sociedad, el Estado (…). Confío en que no lleguen ustedes a esos extremos contra la cultura que se dan en otros sitios». 
Será el lector quien al comparar estas frases entresacadas del texto original, aprecie si hay coincidencia o han sido sacadas de contexto, y no responden a lo que pudo ocurrir.
En la próxima entrada analizaremos la asistencia al mitin y las consecuencias de ello derivadas.

10 de junio de 2013

Las relaciones de Don Miguel de Unamuno con Falange Española (III de III): Morir debatiendo y enseñando, con España de fondo

No es cierto que Unamuno permaneciera encarcelado en  su casa tras el suceso del 12 de octubre en el paraninfo universitario. Fue una reclusión voluntaria, una forma personal de   protesta. A partir de entonces, eran cada vez eran menos los que le visitaban,   privándose unos  del placer de su conversación  y  olvidándose otros de su antes amigo.¿Fue por miedo al que dirán o a la autoridad establecida?

Me propongo en este capítulo completar la serie iniciada hace meses con el incidente habido entre Unamuno - Millán Astray con  las relaciones que el Rector   mantuvo con Falange y con falangistas concretos, desde su encuentro con el fundador el 10 de febrero de 1935 hasta el final de sus días. Es de nuevo Emilio Salcedo quien nos relata las últimas horas de vida de Unamuno en las páginas 420-421 de su libro “La vida de don Miguel”, Ediciones Anaya:

Último día del año,  31 de diciembre de 1936…

“A las cuatro y media de la tarde entra en el despacho el profesor Bartolomé Aragón (falangista), que visita con frecuencia a Unamuno. Don Miguel se esfuerza y con el brillo de sus ojos azules, casi más que con su palabra, le dice al visitante:

—Me encuentro mejor que nunca.

Está sentado ante la camilla, aterido por el frío de la historia y de la soledad. Aragón se sienta ante él y el ex rector le mira.

- Le agradezco que no venga usted con la camisa azul, como lo hizo el último día, aunque veo que trae el yugo y las flechas...; tengo que decirle a usted cosas muy duras y le suplico que no me interrumpa.

Ramos Loscertales, único relator de la muerte de Unamuno por lo que Aragón le contó, no reproduce el monólogo que —escribe— «se abre en ráfagas de pasado nacional histórico y arqueológico, de recuerdos sentimentales de hombres del presente, de visiones de otros pueblos; y hay más amargura y más dolor en los comentarios que acritud o dureza». Bartolomé Aragón le ofrece a don Miguel un ejemplar del periódico de Huelva La provincia de F. E.

- No quiero verlo. No quiero ver esas revistas de ustedes, porque, ¿cómo puede irse contra la inteligencia?

- Don Miguel, Falange ha hecho un llamamiento a los trabajadores de la inteligencia.

-  ¡Cómo!

- Sí, sí, lo ha hecho y le prestarán su apoyo, no lo dude usted. Guardan silencio. El viento extiende su presagio por la calle y retiemblan las maderas del balcón.

- La verdad es —comenta Aragón— que a veces pienso si no habrá vuelto Dios la espalda a España disponiendo de sus mejores hijos.

Don Miguel se inclinó hacia la camilla, dando un puñetazo sobre el tablero.
¡No! ¡Eso no puede ser, Aragón! Dios no puede volverle la espalda a España. España se salvará porque tiene que salvarse.

Unamuno se reclina de nuevo en su sillón y hunde la barbilla en el pecho. El silencio ha vuelto al despacho. El visitante nota que Unamuno no se mueve. Sus zapatillas se están quemando en el brasero. Don Miguel ha muerto. Aragón, asustado, sale del despacho para avisar a la familia. Está pálido y desencajado, apenas si puede hablar.

— ¡Don Miguel, don Miguel!... ¡Yo no le he hecho nada!... ¡Yo no le he matado!

A las seis de la tarde el viento lleva por las calles de Salamanca la noticia como en un susurro de misterio: don Miguel ha muerto, … y la casa de la calle de Bordadores, con la puerta entreabierta, empieza a recibir la visita de muchos que habían dejado solo al viejo escritor.
 (fotografía del entierro de don Miguel de Unamuno. También se encuentra en la página 384 de la o. c. de E. Salcedo)

A las once de la mañana, en la iglesia de la Purísima, se celebran los solemnes funerales, que presiden Fernando y Rafael Unamuno, el rector, don Esteban Madruga, y el decano de Letras, Ramos Loscertales. A las cuatro de la tarde la calle de Bordadores y la de las Úrsulas rebosan de gente. El tenor Miguel Fleta y los periodistas Víctor de la Serna, Antonio de Obregón y Salvador Díaz Ferrer —todos con camisa azul y correajes— toman el féretro, sobre el cual ha sido colocado el birrete negro de rector, en póstuma devolución de su dignidad vitalicia. El cortejo pasa delante de la Torre de Monterrey y sigue por la calle en cuesta de Ramón y Cajal. A la altura del convento de los capuchinos, Mariano Rodríguez de Rivas, delegado nacional de Arte, los escritores Melchor de Almagro San Martín y Carlos Domínguez y otro falangista toman la caja hasta el Campo de San Francisco. Las cintas del féretro eran llevadas por los catedráticos don Nicolás Rodríguez Aniceto, don Francisco Maldonado, don Isidro Beato y don Manuel García Blanco. En torno a la caja llevan las velas los catedráticos don Primo Garrido, don Leopoldo de Juan, Pérez Villaamil y César Real de la Riva, aun no incorporado entonces el claustro salmantino. El duelo lo presiden el rector, los hijos de Unamuno, el decano de Letras y don Andrés Pérez Cardenal.

En el cementerio está abierto el nicho en que fue enterrada Salomé. Se sube la caja que contiene los restos de Unamuno. Cuando ya está dentro, Manuel Gil Ramírez, luego alcalde de Salamanca, extiende el brazo con el saludo romano y grita:

-  ¡Camarada Miguel de Unamuno!

- ¡Presente! —le contestan brazo en alto los falangistas que le han acompañado.

El nicho se cierra y empieza ahora la disputa del cadáver. La noticia de su muerte ha corrido el mundo confundida con partes de guerra. Cuando Ortega la sabe en París comenta: “Temo que suframos ahora una época de atroz silencio”.
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3 de abril de 2013

Aquel 12 de octubre de 1936 en Salamanca . El último acto público de Unamuno

Lo que realmente sucedió aquel 12 de octubre de 1936 en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca quizás nunca lleguemos a saberlo, debido al silencio intencionado de unos y a las deformaciones malintencionadas  de otros.

Persiguiendo un objetivo muy diferente, me he encontrado sin pretenderlo en un debate histórico de ideas del que me niego a salir hasta que tengamos suficiente base documental para que cada cual se quede con lo que crea más conveniente y conforme su propio juicio crítico,  porque nadie tendrá la verdad absoluta, me temo…

En la página 414, de la obra "La vida de don Miguel",  de E. Salcedo se encuentran las palabras escritas por Don Miguel de Unamuno en la carta a él dirigida por la esposa del pastor protestante a quien pretendía ayudar.
Hemos visto hasta hora la versión de Hugh Thomas apoyado en Luis Portillo, “The Golden Horizon”, escribió en “La Guerra Civil Española. 1936-1939”. Muy parecida ha sido la del historiador Gabriel Jackson, aportada por el lector y colaborador del blog, “Al sur de Castilla”. Hemos continuado con el artículo que José María Pemán, asistente al acto,  publicó en ABC sobre este asunto, muy diferente de lo anterior. Y hoy traigo el relato, quizás el más objetivo y documentado, que Emilio Salcedo hace en su obra “La vida de Don Miguel”, con prólogo de Pedro Laín Entralgo, de Ediciones Anaya. En su segunda edición corregida, 1970, páginas 413-416, podemos leer lo siguiente:

En el Paranifo, por última vez
“Cuando el día 11 habló con el vicerrector le encargó a éste que presidiese el acto religioso. Al repasar el programa del acto académico, Madruga le preguntó si pensaba intervenir y don Miguel contestó:
—No, no quiero hablar, pues me conozco: cuando se me desata la lengua.
El acto literario en honor de la festividad de la Raza se celebra a Paraninfo lleno. Preside don Miguel, que ostenta en el acto presentación del general Franco. A su izquierda se sientan el presidente de la Audiencia, don  Manuel del Busto, el delegado de Hacienda,  don Benito Jiménez  Ezguerra,  y el general Millón Astray; y a la derecha, el gobernador civil, don Ramón Cibrán Finot; el teniente coronel don Miguel Pérez Lucas, en representación del coronel gobernador militar; el presidente de la Diputación, don Francisco Márquez, y el alcalde de Salamanca, don Francisco del Valle. Comenzado el acto, llegó al Paraninfo la esposa del jefe del Estado, doña Carmen Polo de Franco, cuya presencia iba a ser decisiva para evitar una trágica e irreparable catástrofe momentos después. Acompañaba a la esposa de Franco el ayudante de éste, teniente coronel Díaz Varela, y la escolta formada por una escuadra la guardia de palacio. Entró, con breves minutos de diferencia, el obispo de Salamanca, don Enrique Plá y Deniel. La presidencia se alteró: doña Carmen Polo de Franco pasó a ocupar un sillón a la derecha del rector y el obispo a su izquierda.

Unamuno abrió el acto anunciando  que ostentaba la representación de Franco. Después hablaron don José María Ramos Loscertales, el dominico P. Vicente Beltrán de Heredia, don Francisco Maldonado de Guevara y don José María Pemán.

El tema de todos los conferenciantes es, fundamentalmente, de circunstancias. Ramos habla de imperio, de las esencias históricas de la raza; el P. Beltrán de Heredia, de la obra de ilustres maestros de Salamanca sobre América,   especialmente   la   influencia   del P. Vitoria;  Maldonado,   siempre  barroco, se extendió en un juego conceptual aplicado al momento político, y Pemán, que empezó agradeciendo a Unamuno la invitación que éste le había hecho para hablar en la universidad, hizo glosa actual y política del momento.

Ha comenzado a hablar el primer orador y don Miguel ha sacado del bolsillo de su chaqueta la carta que días atrás le envió la mujer del pastor evangélico. No necesita releerla para saber lo que dice. Con lápiz,  nerviosamente,  escribe unas palabras que van a ser el guión de un comentario que decide hacer para cerrar el acto

Ha concluido el último orador y cuando los aplausos se apagan don Miguel se pone en pie. Reconstruir lo que dijo es tarea casi imposible, porque la pasión ha falseado la memoria en unos y otros, omitiendo palabras a veces y en otras inventando una fraseología nada unamuniana.

Con muchas reservas me atrevo a brindar un posible resumen. Don Miguel, en pie, con la cuartilla doblada en la mano, con voz más velada e incisiva que nunca, con aire de indignación, rompe el silencio que se ha cernido sobre el atestado Paraninfo.

— Dije que no quería hablar, porque me conozco; pero se me ha tirado de la lengua y debo hacerlo. Se ha hablado aquí de guerra internacional en defensa de la civilización cristiana; yo mismo lo he hecho otras veces. Pero no, la nuestra es sólo una guerra incivil. Nací arrullado por una guerra civil y sé lo que digo. Vencer no es convencer y hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión; el odio a la inteligencia que es crítica y diferenciadora, inquisitiva, más no de inquisición. Se ha hablado también de los catalanes y los vascos, llamándoles la anti-España; pues bien, con la misma razón pueden ellos decir otro tanto. Y aquí está el señor obispo, catalán, para enseñaros la doctrina cristiana que no queréis conocer, y yo, que soy vasco, llevo toda mi vida enseñándoos la lengua española, que no sabéis. Ese sí es Imperio, el de la lengua Española, y no...

El general Millán Astray, sentado en un extremo de la presidencia, golpeó con su única mano la mesa presidencial, poniéndose en pie e interrumpiendo al rector. Varias veces antes ha dicho en voz bastante alta: “¿Puedo hablar? ¿Puedo hablar?” Tras su sillón, con la metralleta, estaba recostado en la pared el más fiel guardián del general. Su despertar del letargo fue acompañado del gesto automático de poner el arma a punto. El general pronunció muy pocas palabras, justificando la situación del hombre de armas, los motivos del levantamiento militar y, al fin, perdido el control, debió hacer retemblar las bóvedas del Paraninfo, aunque no se movieron, cuando bajo su ámbito se oyó el grito de: “¡Mueran los intelectuales!” y “¡Viva la muerte!”.  Unamuno inició la réplica dirigiéndose directamente al general y éste vuelve a hablar cuando en el Paraninfo estalla ya el escándalo. Los legionarios que asistían al acto se agrupan y entonces la serenidad de la esposa del jefe del Estado salva la situación. Doña Carmen hace una seña a su guardia, que avanza hacia la presidencia. Millán Astray casi le grita a Unamuno: “Dele el brazo a la señora”. La mujer de Franco toma del codo a don Miguel y tira de él, mientras el viejo se deja llevar. Don Esteban Madruga, sentado en los escaños laterales, se levanta y va hacia Unamauno cuando la escolta de palacio cierra guardia en torno a don Miguel. El tenso silencio de unos minutos de estupor se ve sucedido ahora por el griterío de quienes desde todos los sitios abuchean a Unamuno y le hacen gestos amenazadores…. Don Miguel se deja llevar y parece sólo un pesado saco de carne. En su conciencia acaso ha nacido el convencimiento de que está viviendo en un siglo que no es el suyo A la puerta de la universidad, al ser llevado hasta el coche del cuartel general, tropieza y es doña Carmen Polo quien tiene que sostenerle. El coche en el que van con Unamuno don Esteban Madruga y el jefe de la escolta de palacio enfila la calle de la Rúa hasta la casa de don Miguel.” »
Hasta aquí todos los testimonios escritos que he podido conseguir, suficientes para seguir con la duda racional de lo sucedido aquel día 12 de octubre  durante la celebración del Día de la Raza en el Paraninfo de la Universidad salmantina.

1 de marzo de 2013

Pemán cuenta el “enfrentamiento” entre Unamuno y Millán Astray


En el capítulo anterior “¿Se habría callado hoy Unamuno frente a la corrupción cuando no lo hizo ayer ante Milán Astray?” traté de entroncar la actitud que  el rector salmantino  tuvo frente al fundador de la Legión Española y de Radio Nacional de España, así como  su compromiso personal de no callar ante unos hechos que él consideraba indignos y nuestro silencio resignado de hoy frente a la corrupción manifiesta, lo que significa “aquiescencia”  con ella y comprensión con sus hacedores y beneficiarios. ¡Incluso  los apoyamos con el voto!

Sin embargo, mi objetivo se alteró al introducir un avispado lector  dudas importantes sobre la veracidad del relato de Hugh Thomas. De acuerdo con mi  comentario  expuesto  en la entrada anterior intenté recuperar el artículo “La verdad de aquel día”, publicado en ABC el 12 de octubre de 1964 (cita de Hugh Thomas). El reto no era difícil en un principio: sacarlo de la hemeroteca digital de ABC. Pero algo extraño pasaba: ni en el día señalado  ni en los anteriores o posteriores aparecía la publicación deseada. Tras algún tiempo de búsqueda infructuosa, pude dar con él en otra fecha muy distinta, el 26 de noviembre de 1964. A continuación podremos leer el texto del artículo de Don José  María Pemán  y compararlo con el pasaje de Hugh Thomas:

La verdad de aquel día
He recibido por correo un recorte de un periódico titulado «Prensa libre», que se publica, por lo visto, en América, donde se contiene un artículo con el título «Un episodio de la España franquista en Salamanca». Se refiere a un episodio ocurrido en la celebración del Día de la Hispanidad en la Universidad salmantina el 12 de octubre de 1936, y cuyo protagonista fue don Miguel de Unamuno. El relato no contiene casi una línea que se ajuste a la verdad histórica. Yo me apresuro a suponer que no se trate de mentiras urdidas de intento, sino de errores debidos a la deficiente información, al tiempo transcurrido y a la pasión. Y hasta esto último lo disculpo. En todo diálogo de español exiliado y español en España la obligación de serenidad y ecuanimidad hasta la inocencia está de parte del que escribe desde España. Yo no sé si llegaría a la mentira, pero sí llegaría a la hipérbole y a la trampa si, estando fuera, con ello creyera que podía aligerar el recobro de ese supremo privilegio que es vivir en su Patria.
Ni me predispone a la pasión polémica la estampilla que trae el recorte y que indica que lo remite no sé qué entidad «antifascista». Yo tampoco soy fascista, ni lo era José Antonio Primo de Rivera, que se negó a ir al Congreso fascista de Montreux.
Ya ve el periodista de «Prensa libre» que hablo desapasionadamente. Le hablo hasta con la emoción que me produce todo compatriota que permanece en tozuda lejanía. Pero me parece que, como evidentemente, el articulista querrá elaborar su apostolado sobre certezas y no sobre mentiras, puedo ayudarle con la rectificación total del fantástico relato que hace de la sesión salmantina. Puedo hacerlo, bajo mi honor y mi palabra, con la autoridad de quien estaba bien cerca del jolgorio, pues el profesor Maldonado y yo acabábamos de pronunciar los discursos de la sesión; por cierto personalmente invitado, por mi parte, en telegrama que desde Salamanca me envió a Cádiz don Miguel de Unamuno.
La versión fantástica empieza por suponer que Millán Astray pronunciara un discurso en ese acto «después de las formalidades iniciales». Supongo que esas formalidades iniciales se refieren a los discursos de Maldonado y yo que eran todo el programa del acto. El que lea el artículo se creerá que se trataba de una conferencia de Millán a la que Unamuno replicó con gallardía. No hay tal cosa. Nosotros, Maldonado y yo, hicimos dos oraciones puramente universitarias de Hispanidad. Al acabar nosotros, sin que Millán, que estaba en el estrado como público, hubiera dicho ni pío, se levantó don Miguel: cosa que a nadie extrañó, pues presidía y bien podía cerrar el acto.
No recuerdo exactamente lo que dijo en los pocos minutos que habló: aunque desde luego no creo que dijo una palabra de lo que pone el artículo; por la sencilla razón de que esa referencia toda viene a ser como una respuesta a Millán Astray, cosa imposible puesto que éste no había hablado. Desde luego sí recuerdo que el discurso fue objetante para varias cosas de las que andaban en curso en aquellos días exaltados. Recuerdo que combatió el excesivo consumo de la palabra «Anti-España»; que dijo que no valía sólo «vencer», sino que había que «convencer». La frase sobre el catalán y el vasco que dice la referencia sí creo es cierta, pero de ningún modo como una réplica a nadie, y menos a Millán que no había hablado.
Cuando terminó y se sentó, se levantó, como movido por un resorte, el general Millán Astray, inesperada y para mí innecesariamente. Su pasión era justificable en la atmósfera bélica que nos rodeaba; y no había que exigir al general que se comportase en aquel instante como un pulcro universitario.No fue discurso. Fueron unos gritos arrebatados de contradicción a Unamuno. No hubo ese «muera la inteligencia» que luego se ha dicho y que denuncia claramente su posterior elaboración culta. El general mutilado, mal podía darle a su «muera» el sentido cultural y técnico de increpar la «Inteligentzia» como posición y grupo; de dar el «muera» se hubiera referido a la inteligencia como facultad personal, cosa de la que no venía al caso abominar y que estoy seguro que él mismo creía poseer. Lo que dijo fue «mueran los intelectuales»... Hizo una pausa. Y como vio que varios profesores hacían gestos de protesta, añadió con un ademán tranquilizador: «los falsos intelectuales traidores, señores».
Terminó los gritos, que no llegaron a un minuto, diciéndole imperativamente a don Miguel: «Y ahora dé el brazo a la señora del Jefe del Estado». Don Miguel se levantó y le dio el brazo a doña Carmen Polo que presidía, y con ella salió del salón.
Por cierto -y ello demuestra que el ambiente no era tan arrebatado como pinta el artículo- que yo, que tenía prisa porque regresaba a Andalucía, me adelanté a despedirme de Unamuno cuando éste venía aún por el estrado; y él me dio la mano desprendiéndola un instante de la señora de Franco, a la que en seguida volvió a dar el brazo.
No creo que sea cierto que estuvo arrestado en casa, ni siquiera que no saliera de ella. Yo, como he dicho, me fui de Salamanca; pero tengo entendido que don Miguel fue luego aún alguna tarde al casino.
Eso es todo. Supongo que le interesará la verdad al articulista, pues no puedo creer que sólo en el engaño cifre sus esperanzas. En otro lugar del periódico se lee un «viva la República». Nada tengo que objetar si esa es la idea de sus redactores, pero no creo que deseen que viva del cuento. En realidad, quizá el profesor Maldonado y yo tuvimos un poco la culpa de todo. Nuestros dicursos, sin política, de pura Hispanidad, en aquellos días calientes, levantaron tempestades de aplausos. Ni Unamuno ni Millán Astray eran hombres a los que les gustara pasar inadvertidos en una sesión en la que hubo, con tanta abundancia, ovaciones y entusiasmos. Los dos estaban acostumbrados a exponer el pecho a cuerpo limpio, el uno a las ideas contrarias y el otro a las balas enemigas... Eran dos españoles. Dios los tenga en su gloria, en el lugar que reserva a los santos y mártires de la vehemencia española. JOSÉ MARÍA PEMÁN
Como puede comprobarse, poca semejanza guardan los dos relatos. ¿Cuál de ellos tiene razón y se ajusta más a la verdad de lo sucedido?
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NOTA: Aún nos quedaría por analizar la narración de Emilio Salcedo en “La vida de don Miguel”, citado también por Hugh Thomas. Será importante reunir los cuatro relatos  relatos, incluido el de Gabriel Jackson,  aportado por "Al sur de Castilla",  por  rigor intelectual y por la averiguación de la verdad  histórica. ¡Quizás nunca la lleguemos a saber y el tiempo lo borre de nuestras memorias, pero lo que hoy escribamos otros podrán leer !

18 de febrero de 2013

La versión de Gabriel Jackson del "encuentro" de Unamuno y Astray, y una visión literaria de don Miguel

 A continuación voy a transcribir dos comentarios relevantes de "Gonzalo de Berceo" y "Al sur de Castilla", respectivamente, lectores y  colaboradores de este blog. En ellos podemos apreciar un análisis literario y de pensamiento  de don Miguel de Unamuno, así como la versión  del hispanista norteamericano Gabriel Jackson  sobre el incidente entre el rector salmantino y el fundador de la Legíón Española que nos aporta el segundo. A esta serie añadiremos la opinión de otra personalidad presente en  el acto, Don José María Pemán. Estoy seguro de que la publicación de estos documentos nos puede dar un poco más de luz sobre aquel acto tan lejano en el tiempo como olvidado.

(Derecha, monumento  a Unamuno en Salamanca, obra de Pablo Serrano)

A) Este es el comentario de "Gonzalo de Berceo"
"Me ha parecido muy interesante este artículo. No conocía la anécdota completa, solo retazos sueltos como la frase "venceréis... pero no convenceréis". Todo aquel que se haya acercado a la vida y obra de Unamuno sabe que era un hombre de principios. Defendía lo que él consideraba que estaba bien, sin importarle la ideología del que lo dijese. De joven, simpatizó con las ideas socialistas de Pablo Iglesias, pero pronto renegó de ellas. Tuvo problemas con la dictadura de Primo de Rivera y con el rey. Tantos que lo desterraron a Fuenteventura. Aplaudió la República porque consideraba que la Dictadura había sido un atraso para España. Pero fue de los primeros en reconocer los atropellos que se estaban cometiendo en nombre del pueblo. Defendió el inicio del golpe de estado porque creyó que los jóvenes militares iban a poner orden en el caos que se había convertido España. Pero ese mismo año, tras comprobar que la mayoría de sus amigos fueron fusilados o estaban en la cárcel. Se desdijo de su apoyo y protagonizó la anécdota que estamos comentando. Recomiendo la lectura de sus "nivolas", como él las llamaba. Sobre todo "San Manuel Bueno, mártir" que trata de un cura que deja de creer en dios, pero decide no contarlo para que sus feligreses sean felices creyendo que hay otra vida que compensará los sufrimientos de esta.
Unamuno fue catedrático de Griego. Si viviera hoy no se callaría. Buscaría las palabras exactas, desde el punto de vista etimológico, para definir lo que está pasando. Diría que España es una cleptocracia (el poder de los ladrones) y una plutocracia, que aunque suene a personaje de Disney, significa el poder de los ricos, del que tiene dinero."
B) Y ésta es la aportación de "Al sur de Castilla".


"A raíz de la lectura del texto de Hugh Thomas, “La guerra civil española. 1936-1939”, propuesto por el director del blog, he estado revisando otro libro sobre el mismo tema, “La república española y la guerra civil” del norteamericano Gabriel Jackson. Quería saber si había otra versión sobre el discurso de Unamuno en el paraninfo de la Universidad de Salamanca el “Día de la Raza” de 1936. En la página 254 de la 1ª edición de 1967, impresa en español en México, hay una breve mención al discurso que no difiere mucho de la de Hugh Thomas y que transcribo literalmente:
  “…En Salamanca, Miguel de Unamuno, rector de la Universidad más famosa de España, aprobó al principio el levantamiento que pondría fin al desorden y a la fragmentación regional de la nación. Pero pronto vinieron amigos suyos de Granada con la noticia del asesinato del poeta García Lorca y de varios catedráticos universitarios; otros le contaron cómo habían huido de los pueblos de Andalucía en los cuales los revolucionarios habían matado a cuatro o cinco personas…
 El 12 de octubre, Día de la Raza, en que se conmemoraba el descubrimiento de América por Colón y la expansión universal de la civilización hispánica que le siguió, se celebró una ceremonia en la Universidad. En el estrado se sentaron las autoridades universitarias, el obispo de Salamanca y doña Carmen Polo de Franco. En el curso de la ceremonia, uno de los oradores fue el general Millán Astray, primer jefe de la Legión, hombre que había perdido un ojo y un brazo en Marruecos. Mientras glorificaba el papel de Castilla y de sus ejércitos de conquistadores, sus partidarios situados en el fondo de la sala puntuaron sus frases con el eslogan de la Legión: “¡Viva la muerte!”. Unamuno, como rector, no pudo contenerse, y aludiendo burlonamente a la frase “viva la muerte”, se volvió hacia el general y le dijo con sus mejores modos que el movimiento militar necesitaba no solo vencer, sino también convencer. Y no creía que estuvieran capacitados para esta última tarea. Sólo la intervención de la señora Franco impidió que el enfurecido Millán Astray, que gritó: “¡Muera la inteligencia!”, pegara a Unamuno…”.
El autor nos dice a pie de página que él conoce esta actitud de Unamuno gracias principalmente a amigos suyos que vivían en Salamanca, con detalles suplementarios basados en el artículo de Luis Portillo en Golden Horizon (Londres), 1953.

Por otro lado, sé que existen dos estudios sobre los tortuosos vaivenes de los últimos meses de Unamuno, pero no los he leído: uno de ellos es de Luciano González Egido: "Agonizar en Salamanca. Unamuno: julio-diciembre, 1936", Alianza Editorial, Madrid, 1986. El otro es más concreto y se centra sobre el incidente que estamos comentando: Joaquín de Entrambasaguas: "La posible clave de un incidente ya histórico. Unamuno y Millán Astray", Diana, Madrid, 1966.

Para finalizar, quisiera ahondar en el comentario tan estupendo, escrito por "Gonzalo de Berceo" sobre el semblante de Unamuno. Este fue un hombre singular. Tuvo un temperamento ardiente y apasionado que le llevaba a actitudes extremas. Quiero destacar de él un aspecto que se repite constantemente en su vida y en su obra: la contradicción. Todos los estudiosos coinciden en subrayar el gusto de Unamuno por la paradoja. Se basa en la eterna contradicción entre razón y sentimiento.

Si nos remontamos a los últimos años de su vida, con la caída de la dictadura de Primo de Rivera, vuelve de su exilio a Salamanca y se suceden los homenajes. Pronuncia discursos contra la monarquía. Al instaurarse la república en 1931, Unamuno es nombrado entre los muchos cargos, rector de la Universidad de Salamanca, diputado, académico…Pronto empieza a sentirse desencantado del gobierno republicano. Conoce a José Antonio Primo de Rivera y asiste a un mitin suyo. Apoya el Alzamiento, hace declaraciones contra el gobierno republicano en la revista estadounidense Internacional News. Es destituido del rectorado y de los demás cargos públicos, pero a principios de septiembre de 1936 será confirmado de nuevo en ellos por el gobierno de Franco. El claustro de la Universidad de Salamanca, bajo su dirección, envía un escrito en latín a todas las universidades del mundo denunciando el libertinaje en que había degenerado, según él, la república.

Tampoco comulga Unamuno con los abusos de los llamados “nacionales”. Después del famoso incidente del 12 de octubre, Franco lo vuelve a destituir de sus cargos. Es condenado a arresto domiciliario…

En la mayor parte de sus novelas o “nivolas”, también está presente la contradicción que padecen sus personajes. Por citar solamente tres: Tula, Manuel Bueno y Augusto Pérez en las tres mejores obras de ficción del autor: La tía Tula, San Manuel Bueno, mártir y Niebla.
Tula que mantiene una lucha titánica entre su aversión que tiene a todo lo fisiológico y carnal y el instinto de maternidad. Permanece rígida e inamovible. Su obsesión por la pureza, la hacen excesivamente dura. Lo sacrifica todo antes de “mancharse” y al final se da cuenta de que todo ha sido una equivocación, un fracaso.
Augusto Pérez que acude a casa de Unamuno con intención de suicidarse y tras una conversación dura y casi violenta entre ambos, siente renacer unas ganas enormes de vivir.
Manuel Bueno que se nos muestra como un personaje agónico, escindido en una trágica contradicción entre la voluntad de creer y la imposibilidad de alcanzar la fe. Sus dudas serán las mismas que las de Unamuno".

Para mayor información puede verse el siguiente vídeo  sobre los días finales de Unamuno: http://www.youtube.com/watch?v=EZcbhoq7iVU

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Nota: agradezco estas colaboraciones, y anuncio que la  serie sobre tan comentado incidente seguirá, alternándose con otros trabajos sobre corrupción política y otros temas de actualidad.