Hace ya muchos años, tantos que ni me acuerdo, coincidí en Madrid con unos compañeros de estudios de Puente Genil (Córdoba). De su trato amigable y alegre saqué la conclusión, ya por aquel entonces, de que su temperamento andaluz era mucho más festivo y divertido que el castellano. Aún se confirmó más mi percepción cuando al llegar las vacaciones de Semana Santa, me comentaron que en el cartel anunciador de esos días figuraba como titular “FERIAS Y FIESTAS DE SEMANA SANTA”. Nunca llegué a comprobarlo, pero imagino que fuera verdad lo que me decían, y así siempre lo he recordado. Incluso la llamaban también MANANTA, contracción de SEMANA Y SANTA, y de ahí sus “desfiles mananteros”. Me contaban también que había una perfecta simbiosis y convivencia entre religiosidad y fiesta mundana, y que todo era posible durante esos días en aquella población de vivencias singulares…
Los años han pasado y cuando se acercan estas fechas, pienso que aquellos compañeros vivían adelantados en el tiempo, y que ahora nos parece normal lo que entonces producía un impacto emocional a los que éramos del norte…de Madrid. Puestos a recordar tiempos lejanos, a uno le entra la nostalgia, y cuando volvemos la mirada al pasado es señal de que nos queda menos futuro. La transformación experimentada en los últimos cuarenta o cincuenta años ha sido asombrosa en todos los campos, incluido el componente espiritual de estas fechas que también ha sufrido su metamorfosis correspondiente.
Cuando llega la Semana Santa, no puedo menos de comparar la actual con las ya vividas en mi remota juventud. Son recuerdos de un cambio profundo habido en el comportamiento de las gentes: la sensación de que un recogimiento especial inundaba la vida, las emisoras de radio emitían sólo espacios religiosos y los cines sólo proyectaban películas bíblicas; las mujeres vestían más de negro y los hombres se ponían el traje con corbata negra… Todo parecía una señal de luto y duelo general. Lo público y lo privado se supeditaban al mantenimiento del respeto en recuerdo de la “Pasión, Crucifixión y Muerte de Jesús”, impuesto por las autoridades civiles, presionadas por las religiosas.
Por la tarde – noche del Jueves Santo y mañana del Viernes Santo se visitaban los “Monumentos” instalados en las iglesias. Se acompañaban con una devoción especial a los cofrades de las distintas hermandades durante los desfiles procesionales. La música del paseo penitencial guardaba el ritmo de tambores y cornetas. Los bares cerraban sus puertas durantes esas horas de procesiones. Y por las calles, en ausencia del tañido de las campanas, se oía el matraqueo ronco de las carracas. El Sábado Santo presagiaba alegría y ganas de sacudirse aquel manto envolvente de recogimiento, y el ensayo de la “Bajada del Ángel” anunciaba la fiesta pascual del día siguiente en Aranda.
Ni que decir tiene que el ayuno y la abstinencia del Vienes Santo era obligatoriamente observado por la mayoría de las familias, aunque muchos no comprendiesen ni su origen ni su significado, ya que el bacalao sustituía perfectamente a la carne (los mariscos entonces ni se conocían en el interior de la península). Además se preparaban y se siguen preparando hoy en día, las viandas típicas de las fechas y del lugar: torrijas y limonada para aliviar la tristeza del alma y el gusto del paladar.
Muchos pensaban entonces en el hombre como algo trascendente y con la creencia en un más allá. Todo aquello tiene poco que ver con los modos de vida actuales. La Semana Santa ha quedado despojada de su sentido religioso y se ha convertido en una fiesta más, donde lo importante es librarse del trabajo y si es posible y el bolsillo lo permite, marcharse “a los lugares de ocio y descanso” a los que suelen acudir regularmente a relajarse algunos de los que nunca se han podido cansar con sus ocupaciones. Los desfiles procesionales de hoy, no sólo no han languidecido e ido a menos, sino que han crecido en calidad y cantidad. Y algún motivo o razón habrá cuando se participa en ellos, año taras año, bien haciéndolo anónimamente bajo un “hábito” de cofradía, o como un simple acompañante apostado en una acera viendo los “Pasos” pasar.
No seré yo quien repita aquellos versos “Cómo a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor”de Jorge Manrique. Para bien o para mal, los tiempos han pasado y han cambiado, y unas procesiones van por fuera, y otras muy profundas hacen un largo recorrido por dentro.





