9 de febrero de 2023

AGRUPACIÓN AL SERVICIO DE LA REPÚBLICA: ORTEGA Y LA “RECTIFICACIÓN DE LA REPÚBLICA” (IV de VII)

(Viene de la entrada anterior AGRUPACIÓN AL SERVICIO DE LA REPÚBLICA: ORTEGA Y LA “RECTIFICACIÓN DE LA REPÚBLICA” (III).

República conservadora y República burguesa

     Cuando preparaban la revolución, los hombres que han aparecido al frente de la República veían con plena claridad lo que ésta tenía que ser durante la primera etapa de su historia, durante el tiempo de su consolidación. "La República que ahora triunfe, decían ‑notad bien: lo decían ellos entonces, no lo digo yo ahora‑, la República que ahora triunfe tiene que ser una República conservadora, una República burguesa." Algún ministro recordará los atronadores aplausos que estas palabras pronunciadas por él disparaban en el auditorio; pero yo aproveché la primera ocasión para hacer notar que ambas expresiones eran poco o nada felices.

     ¿Conservadora? Señores, hablemos un poco en serio, libertándonos de la tiranía que sobre nuestras mentes ejercen las palabras, las denominaciones. ¿Hay hoy en toda la anchura del mundo movimiento alguno de dimensiones apreciables que pueda calificarse de conservador, de auténticamente conservador? Podrá este o el otro individuo, en el secreto de su temperamento, allá en la intimidad de sus nostalgias, ser conservador; pero hoy no es posible en parte alguna una política conservadora. Los problemas que encuentra ante sí hoy el Estado son de tal gravedad y profundidad, que ningún pretérito puede servir de norma para atacarlos. La sustancia misma del hombre medio se ha hecho hoy tan distinta de lo tradicional, que nos obliga, ni más ni menos, como si dijéramos, a brincar de una época a otra, a abandonar todo el mundo político conocido e ingresar medrosos, atemorizados, en un mundo completamente nuevo y totalmente incógnito.

     No creo que haya hoy en Europa nadie que se haga ilusiones de lo contrario: poco, muy poco y muy condicionalmente, puede conservarse del pasado, y por eso los ingleses, al acudir a unas elecciones recientes en extraña coalición jamás sospechada en sus islas, puestos a conservar no han podido conservar -ya lo veréis- más que el nombre de conservadores. (Muy bien. Aplausos.)

     No hay más que un pueblo maestro en inquietudes, gran doctor en convulsiones: Francia, que por la convergencia de una serie de azares ha podido intentar hasta la fecha el sostenimiento del statu quo, que es cosa muy distinta de una política conservadora. Se trata de un equilibrio inestable, en cuya perduración nadie confía, y que en definitiva se nutre de demorar sine die las grandes cuestiones del tiempo. Inexorablemente, en una u otra jornada, llegará a ese admirable país la marea viva de los problemas actuales: el statu quo zozobrará y se disparará en él un proceso parejo al que acude a todos los demás países.

     Decir, pues, que la República española debía ser una República conservadora equivale a no decir nada. Menos aún: equivale a desorientar el porvenir de nuestra República.

     Pero menos afortunada todavía me parece la otra expresión: ¡República burguesa! ¡Como si no consistiese la máxima peculiaridad de nuestra historia en la relativa inexistencia, por lo menos en la anormal debilidad, de la burguesía en esta Península! Cualquiera diría que se trata de una simple anécdota, cuando es el hecho básico causante de la decadencia que ha padecido España durante toda la Edad Moderna. Porque una edad, una época, es un clima moral que vive del predominio de ciertos principios disueltos en el aire. La época moderna vivió impulsada por el racionalismo y el capitalismo, dos principios emanados de cierto tipo de hombre que ya en el siglo XV se llamaba "el burgués". Y si España se apagó al entrar en ese clima como una bujía se apaga por sí misma al ser sumergida en el aire denso de una cueva, fue sencillamente porque ese tipo de hombre era en nuestra raza escasa y endeble, y el alma racional se ahogaba en la atmósfera de aquellos principios.

     ¿Y si no ha gozado España de salud durante la Edad Moderna porque era insuficientemente burguesa, va a dar la casualidad de que ahora, cuando la modernidad sucumbe, y con ella la burguesía pierde la plenitud de su mando; vaya a dar la casualidad, digo, de que al renacer un Estado, este Estado se edifique como Estado propiamente burgués? No hay, ciertamente, grandes probabilidades de ello.

El magnífico movimiento ascensional de las clases obreras

     Importa, pues, mucho en materias graves, como ésta, cuando se trata nada menos que de empujar a todo un pueblo en cierta dirección hacia la línea azul de su horizonte, que cuidemos el uso de las palabras, porque son los déspotas más duros que la humanidad padece. El vocablo que se ha apoderado de nosotros, que en nosotros prende, nos lleva ya luego al estricote hasta sus últimas consecuencias; consecuencias que son las suyas, pero que no son las nuestras. Se reconocerá no haber grandes probabilidades de que en el mundo actual, al acontecer un cambio de régimen, el nuevo Estado que nazca sea, hablando con propiedad, un Estado burgués. Y como yo voy a hacer un llamamiento a todas las fuerzas eficaces del país, entre ellas a las llamadas burguesas, especialmente a las capitalistas, y quiero que este llamamiento mío sea entusiasta, pero a la vez serio y riguroso, me interesa que queden claras ciertas cosas elementales. Una de ellas, ésta: cualesquiera que sean las diferencias políticas que existan o puedan existir mañana en nuestra vida pública, es preciso que nadie cometa la estupidez de desconocer que desde hace sesenta años el más enérgico factor de la historia universal es el magnífico movimiento ascensional de las clases obreras. Se trata de una corriente tan profunda y sustancial, que tiene la grandeza e incoercibilidad de los hechos geológicos. Toda política, pues, inspírela uno u otro temperamento, tendrá que ir a la postre inscrita dentro de este formidable influjo. Tiene que contar con él y aceptarlo, como se acepta el avance de nuestro sistema solar hacia la constelación de Hércules. (Muy bien. Aplausos.)

     No se hable, pues, de ningún rincón planetario de política burguesa; pero, viceversa, no cabe tampoco confundir ese movimiento ascensional de la humanidad obrera con el laborismo, socialismo, sindicalismo o comunismo, que son meras fórmulas, propagandas, ensayos, todo lo importantes que se quiera, pero que a la postre no representan sino interpretaciones transitorias y relativamente superficiales de aquella realidad, mucho más profunda e inexorable. (Aplausos.)

     De modo que no es hoy posible, imaginable, política alguna que en una de sus dimensiones no sea política obrerista, que en su sesgo no acompañe a esa tremenda corriente marina que empuja a la historia actual. Pero, a la par, ningún credo o partido obrerista puede pretender significar la modulación única, definitiva e infalible de esa realidad sustantiva de nuestro tiempo. Bastará comparar la situación del socialismo o sindicalismo en Europa veinte años hace y hoy para convencerse de ello.

     Para no desorientarnos evitemos, pues, hablar de política conservadora y de política burguesa. Pero si yo rechazo ambas fórmulas en cuanto que pretendan tener un significado preciso, reconozco, en cambio, que cuando fueron pronunciadas en la hora de preparar la revolución, los que las emitían querían decir con ellas otra cosa mucho más certera y completamente oportuna; ésta, sencillamente ésta: que la República, durante su primera etapa, debía ser sólo República, radical cambio en la forma del Estado, una liberación del Poder público, detentado por unos cuantos grupos; en suma: que el triunfo de la República no podía ser el triunfo de ningún determinado partido o combinación de ellos, sino la entrega del Poder público a la totalidad cordial de los españoles. (Grandes aplausos.)

(Continuará en las próximas entradas del blog...)

 

 

5 de febrero de 2023

AGRUPACIÓN AL SERVICIO DE LA REPÚBLICA: ORTEGA Y LA “RECTIFICACIÓN DE LA REPÚBLICA” (III de VII)

 (Viene de la entrada anterior AGRUPACIÓN AL SERVICIO DE LA REPÚBLICA: ORTEGA Y LA “RECTIFICACIÓN DE LA REPÚBLICA” (II  de V).

Diatriba de la chabacanería y elogio de la pasión.

     ¿De dónde va a venir el tono y calidad a nuestra historia, sino del tono y calidad que logren alcanzar nuestras vidas individuales? Como en el deporte es necesario un especial entrenamiento y hace falta seguir un régimen de vida que mantenga el cuerpo en forma, asegurando la plena elasticidad de sus facultades, para hacer historia es menester que el ciudadano, el simple ciudadano, el ciudadano, el simple ciudadano, se halle moralmente en forma, tenso como un arco que va a disparar su flecha hacia lo alto. Sin eso no habrá nada. Y uno de los crímenes más insistentes de la Monarquía fue el fomentar continuamente nuestra propensión a la chocarrería, el chiste envilecedor, a las ridículas disputas de casinillo. Bajo atmósfera tal, estad seguros de que las almas no pueden querer lo grande; antes bien, minusculizadas, encanalladas, miopes como ratones se perderán en el laberinto miserable de las querellas de rincón, y no podrán ver las líneas sencillas, pero gigantes, que orientan al pueblo en sus renacimientos. (Aplausos.)

     Yo, señores, soy un pobre hombre, con muchas menos pretensiones de las que algunos suponen; simplemente un pequeño ser que ha ligado siempre su microscópico destino individual al ancho macroscópico destino de su raza. Y que por eso, cuando ve que España va a cometer un error o, por el contrario, que puede hacer algo grande, arrostra el ser tachado de pretencioso y abandonando su habitual oscuridad, da al viento la poca cosa de su voz y lanza a sus conciudadanos una advertencia o una indicación. Nada más. Así, yo ahora, en este momento decisivo, comienzo por decir: hermanos españoles, no toleréis en vosotros ni en vuestro alrededor el triunfo de la chabacanería; mirad que por ese punto se ha ido siempre la media toda de las posibilidades españolas; ni consintáis tampoco que domine la vida pública el falso apasionamiento atropellado y pueblerino. Decía Hegel que nada importante se ha hecho nunca en el mundo si no lo ha hecho la pasión. Pero bien entendido, añade, la pasión... fría. La otra, el fácil apasionamiento que nos arrebata un momento, no ha servido nunca para nada estimable. La auténtica pasión creadora de historia es un fervor recóndito, tan seguro de sí mismo, tan firme en su designio, que no teme perder calorías por buscar el auxilio de las dos cosas más gélidas que hay en el mundo: la clara reflexión y la firme voluntad.

     Por eso os pido que, juntos en este rato y cualesquiera que sean vuestras opiniones, me dejéis razonar sencillamente sobre los destinos nacionales. (Aplausos.)

     La ocasión es magnífica para hacer de España un pueblo de vida contenta y plenaria, respetado por todos los extraños. ¿No es una enorme pena que se desvirtúe esta ocasión para dejar que triunfen las pequeñeces, las manías, las palabras hueras y, sobre todo, la angostura de visión histórica?

     Y es evidente que algo de esto está aconteciendo. Conviene que yo evite toda exageración en el diagnóstico y hasta que me oponga a ella. Para exagerar, para desorbitar las cosas, se bastan y se sobran las mesas de café, en torno a las cuales veinte mil tertulias, desde hace cincuenta años, se complacen en desmesurar todos los hechos y descoyuntar todas las opiniones. (Muy bien.)

     Nada grave, por fortuna, ni irremediable ha acontecido; pero es evidente que si se compara nuestra República en la hora feliz de su natividad con el ambiente que ahora la rodea, el balance arroja una pérdida, y no, como debiera, una ganancia. No disputemos sobre la cuantía de la pérdida, no disputemos sobre el más o el menos de esta pérdida. Lo que tenemos que hacer es reconocerla. No se han sumado nuevos quilates al entusiasmo republicano; al contrario, le han sido restados. Y si esto es indiscutible, lo será también extraer la inmediata e inexcusable conse-cuencia: que es preciso rectificar el perfil de la República. (Muy bien. Grandes aplausos.)

     Nació esta República nuestra en forma tan ejemplar que produjo la respetuosa sorpresa de todo el mundo. Caso insólito y envidiable; acontecía un cambio de régimen, no por manejos, ni por golpes de mano, ni por subversiones parciales, sino de la manera inevitable, exuberante y sencilla, como brota la fruta en el frutal. Este modo, diríamos espontáneo, de nacer la República, nos garantiza que el grave cambio no era una ligereza, no era un capricho, no era un ataque histérico, ni era una anécdota, sino que había sido una necesidad profunda de la nación española, que se sentía forzada a sacudir de sobre sí el cuerpo extraño de la Monarquía.

     Lo que no se comprende es que habiendo sobrevenido la República con tanta plenitud y tan poca discordia, sin apenas herida, ni apenas dolores, hayan bastado siete meses para que empiece a cundir por el país desazón y descontento, desánimo; en suma, tristeza. ¿Por qué nos han hecho una República triste y agria bajo la joven constelación de una República naciente? (Muy bien.)

     No voy a acusar a nadie, no sólo porque repugno faena tal, sino porque además sería injusto. Conozco esos hombres que hoy dirigen la vida pública española -y me refiero no sólo a los Gobiernos, sino a muchos que militan próximos a ellos-; conozco a esos hombres y sé que la política peninsular no ha encontrado nunca tesoro mayor de buena fe y de prontitud al sacrificio. Lo que pasa es que se han equivocado, que han cometido un amplio error en el modo de plantear la vida republicana. Y aún, si luego tuviera tiempo, me atrevería a demostrar que en buena porción ese error cometido no les es imputable, sino que más bien son de él responsables las clases representantes del antiguo régimen que ahora tan enconadamente combaten a esos hombres. ¿Pues qué? ¿Se quería que después de haberlos mantenido en permanente oposición, más aún, en virtual destierro de los negocios públicos, pudiesen esos hombres de la noche a la mañana improvisar la destreza, la soltura de mano y la óptica del gobernante?

     No; hay una porción de error en la actuación de esos hombres, en la de todos nosotros, que no debe avergonzarnos, porque nos viene impuesto por una realidad histórica profunda. No somos culpables de que se haya roto de modo tan total la continuidad de las fuerzas políticas españolas.

     Hace diecisiete años, en 1914, en una conferencia juvenil, titulada "Vieja y nueva política", anunciaba yo que esa discontinuidad se produciría por el torpe hermetismo del régimen monárquico, que no permitía la convivencia de todas las fuerzas nacionales, sino que establecía una valla, más allá de la cual quedaban desterrados de los asuntos de España la mayor parte de los españoles.

     Parecerá extraño, señores, que comience por defender a los mismos que tengo el deber de criticar; pero la República debe hacer usos nuevos, y sobre todo, nadie espere que por actuar yo ahora políticamente abandone ninguno de los imperativos que han gobernado mi vida, ni renuncie a una sola de las facetas de mi verdad. Quien busque, pues, palabras más desaforadas, o más simplistas, o más injustas, puede, como en el juego de las cuatro esquinas, ir a buscar candela en otra parte donde reluzca. (Aplausos.) 

Pero digo que aun restando la dosis de error que, por ser inevitable, no se puede imputar, queda una porción, la más grave y la más sustancial.

   ¿Por qué? ¿Por qué en torno a la República hay hoy menos fervor que hace siete meses? Esto es lo inadmisible, lo injustificable. Para ver claro en qué consiste ese enorme error conviene retrotraernos a aquellos días en que se preparaba el movimiento revolucionario. En esas horas de lucha, en esos instantes de batalla, las almas se hacen un poco agudas, porque se hacen un poco espadas; las potencias adquieren máxima tensión, y alerta el oído, alerta la pupila, se percibe con gran exactitud la situación histórica de la realidad política. Por eso, porque se acierta en la visión, se logra la victoria; pero luego viene el triunfo, y el triunfo es a veces un alcohol nocivo que obnubila la mente de los triunfadores.

 (Continuará en las próximas entradas del blog....)

   

31 de enero de 2023

AGRUPACIÓN AL SERVICIO DE LA REPÚBLICA: ORTEGA Y LA “RECTIFICACIÓN DE LA REPÚBLICA” (II de VII)

 El día 6 de diciembre de 1931, don José Ortega y Gasset pronunció una histórica  conferencia conocida posteriormente como “Rectificación de la República” en el Cinema de la Ópera de Madrid ante un numeroso público. Entre otros muchos, allí se encontraban, según la crónica del diario El Sol,    “los   Sres.   Barcia (Augusto),   García   Morente,   Pittaluga,  Unamuno,  Marañón,   Salvatella,  García   Arellano,  Pérez   Durruti,  conde    de   Moral   de    Calatrava,    Maura   (D.  Miguel),  Hernández   Catá,   Recaséns    Sitches,   Barnés,    el   subsecretario     del     ministerio     de     Estado,  Sr.  Agramonte;   el  embajador de México,   Palacios (Don Leopoldo)    ,  Montiel,   Méndez   Vigo,   Ortega    y   Gasset   (D.   Eduardo),  Zuloaga, general Burguete,    Salaverría,  el ministro de  Fomento,  Sr.  Albornoz,   doctor   Cabrera,   ministro   de   Checoslovaquia,  ministro   de   Justicia, Sr.  De  los  Ríos;   el subsecretario de   Comunicaciones,    Sr     Abad     Conde;   Pedregal,   García    Sanchiz, Doctor Goyanes,  Piñerúa   (D. Hermes),   el  director   de  Sanidad,   doctor   Pascua;   "Azorín",   marqués   de   Valdeiglesias,   Antonio  Espina,  Luis  de  Hoyos,    Marfil,    García    Gómez,    Bauer   (Alfredo   e  Ignacio),   Jarnés  Sapiña,  Núñez   Tomás,  García   Gómez,   doctor   Tello,   Ruiz    de    Villa    Salinas,   Obregón,   Quintiliano Saldaña,  López Ballesteros,     Rafael     Marquina,  Gascón  y  Marín   y  otros  muchos    que    harían     interminable     esta  relación  de  asistentes  destacados   al   acto  que   tanta   expectación   había   despertado   en   nuestros   medios  políticos   e  intelectuales.”

El texto de dicha conferencia (pronunciada el domingo día 6 de diciembre) fue publicado por el diario independiente “El Sol”, el martes día 8 del mismo mes,  en sus páginas 4 y 5. Es el que a continuación se expone y al que se puede acceder mediante el siguiente enlace

http://hemerotecadigital.bne.es/issue.vm?id=0000462970&page=1&search=&lang=es

“UN LLAMAMIENTO  PARA  LA  CREACIÓN  DE UN PARTIDO DE  AMPLITUD  NACIONAL” 

 (Texto   taquigráfico   del  discurso   pronunciado   el  domingo   por   el  ilustre  filósofo)

 

“El rango que para los destinos de España tienen estos primeros meses de la República”

Señoras, señores:

     En estos días, con la aprobación del texto constitucional y la elección de Presidente, queda establecida jurídicamente la República española. Tenemos ya un cauce legal por donde pueda fluir fecundamente nuestra vida colectiva; tenemos ya bajo nuestras plantas un suelo de Derecho donde hincar los talones e iniciar la marcha histórica. Termina, pues, en estos días el primer acto de la implantación de la forma republicana en nuestra vieja, en nuestra viejísima España. No es el momento excelente. (Se promueve un incidente porque se quejan de lo deficientemente que se oye.)     

     Perdonen ustedes, pero no estoy acostumbrado a hablar con altavoz, y acontece que mientras voy pronunciando las palabras las escucho yo mismo, y esto es demasiado: hablar y encima escucharse. (Risas.)

     Decía, pues, si no es el momento excelente para que hagamos un alto y recogiendo bien las riendas de la atención, miremos en rededor, percibamos claramente la situación interna de nuestro país; analicemos el próximo sábado, y sobre todo, proyectemos en grande la arquitectura de nuestro porvenir. No todo esto, porque sería demasiada tarea; pero sí algo de eso, un comienzo de esto, quisiera yo hacer ante vosotros.

     Van transcurridos siete meses de vida republicana, y es hora ya de hacer un primer balance y algunas cosas más que un balance. Durante esos siete meses la República ha estado entregada a unos cuantos grupos de personas, que han hecho de ella lo que les recomendaba su espontánea inspiración. Tenían derecho a ello porque fueron la avanzada del movimiento republicano en la hora de máximo peligro. Era justo que los demás quedásemos, por de pronto, a la vera, procurando no estorbar; más aún, formando un círculo defensivo, dentro del cual esos hombres, sobre los cuales el destino había hecho caer la tremenda carga de enseñar a una República recién nacida sus primeros pasos, pudiesen actuar en plena holgura, con plena calma. Lo único que además podía exigírsenos era que si desde el principio juzgábamos algo erróneo esos primeros meses, cuidásemos de expresar nuestra discrepancia en forma mesurada y cordial. Por mi parte, creo haber cumplido con todo rigor este complejo deber, porque durante estos meses he evitado estorbar, porque he defendido desde mi puesto excéntrico a los que gobernaban y, en fin, porque a los quince días de sobrevenida la República comencé yo a hacer señas (que éstas venían a ser mis tenues palabras en artículos periodísticos y en discursos parlamentarios), comencé a hacer señas a los de arriba para insinuarles que en mi humildísima opinión tomaban vía muerta. (Muy bien.)

     Era, señores, de superior urgencia que lo antes posible existiese una ley, una figura de Estado, más o menos imperfecta, que permitiese iniciar la vida política normal, y a esta urgencia convenía supeditar todo lo demás. Pero esa ley, la Constitución, existe ya; hay ya un Estado, y ahora nuestro deber cambia de signo y nos impele precisamente a lo contrario que hasta aquí. Ahora es preciso que cada cual diga claramente lo que piensa sobre la situación histórica de nuestro país; que declare su opinión sobre el modo como ha sido planteada la vida republicana. Ya no es necesario, y, por lo mismo, no es lícito que sigan más o menos confundidas las actitudes políticas. Es preciso que se deslinden los juicios y los programas, porque es preciso también que se deslinden las responsabilidades. (Muy bien.)

     Cuando la historia de un pueblo marcha ya sobre carriles añejos, sólidamente instalados, puede impunemente el individuo o el grupo concederse un margen de distracción, y aun de frivolidad en la conducta, pensando que sus actos públicos no tendrán consecuencias ni muy importantes ni muy graves; pero en una hora como ésta, en que nace para España un nuevo destino, cuando lo estatuido es algo tan tierno, tan débil, que no podemos apoyarnos en ello, sino que, al revés, el Estado tiene que ser sostenido y alimentado por nuestros propios actos, es preciso que cada uno de éstos, los míos como los vuestros, vayan inspirados por un sentido casi patético de responsabilidad. Notad que nuestra vida ahora no consiste en repetir una vez más lo que veníamos haciendo ayer o anteayer, que no vamos cómodamente embarcados en usos antiguos, sino que, por el contrario, queramos o no, estamos iniciando nuevas formas y modos de vida pública, nuevas normas y propósitos y hasta vocabulario de convivencia; en suma; señores, que estamos creando historia con cada una de las palabras, gestos y movimientos que hacemos. Es preciso que el pueblo español se dé plena cuenta de esto; que se percate del rango que para los destinos de España tienen estos meses, semanas y días, porque sólo así podrán esas palabras, esos gestos y esos movimientos nacer como rezumando sobre aquel fondo de dignidad, de elevación moral, que requiere una tarea tan enorme como ésta en que estamos sumergidos. Por eso el crimen mayor que hoy se puede cometer en España es empequeñecer el momento. (Muy bien. Varios espectadores: No se oye.) Yo ruego que me digan las personas que ocupan las localidades más remotas de mí sí me oyen, porque de otra manera, con los escasos medios de mi voz, yo intentaría tomar cada palabra en la honda y lanzarla a las alturas. (Risas.)

 Son, pues, instantes de rango sublime, o ¿es que creéis que podemos entrar en tan soberana faena como es organizar una nación, edificar un fuerte Estado, si seguimos los españoles como hasta aquí, con un temple de ánimo chabacano, flojas las mentes y el albedrío sin una formidable tensión de disciplina? 

(Continuará en las próximas entradas del blog....)

26 de enero de 2023

AGRUPACIÓN AL SERVICIO DE LA REPÚBLICA: ORTEGA Y LA “RECTIFICACIÓN DE LA REPÚBLICA” (I de VII)

En la entrada  “AGRUPACIÓN AL SERVICIO DE LA REPÚBLICA: ILUSIÓN, PROYECTO Y DECEPCIÓN” pudimos percibir la evolución experimentada por la A.S.R. desde el momento de la proclamación de la República  en abril hasta la publicación del artículo “Un aldabonazo. No es esto,  no es esto” en septiembre. En el  posterior artículo El desencanto de Ortega se reflejó en el ¡¡¡No es esto, no es esto!!!”  constatamos el desaliento de su estado de ánimo. Y en el capítulo de hoy y siguientes veremos que la frustración de sus ilusiones de Ortega  se manifestó finalmente en la conferencia dada  el día 6 de diciembre en el  Cinema de la Ópera titulada “RECTIFICACIÓN DE LA REPÚBLICA”.

A continuación se expone un breve resumen de los aspectos en ella tratados dejando el texto para las siguientes, dada  su considerable extensión.

1.- Saludo. Don José Ortega y Gasset

- Recuerda la inminente institución jurídica de la República española con la aprobación de la Constitución y el nombramiento del Presidente.

- Cree necesario analizar el transcurso de los siete meses pasados desde el 14 de abril y el futuro que viene.

2.- “Nuestro nuevo deber”

- Invita a hacer un balance  de los hechos acaecidos desde la llegada de la República.

- Considera que el nacimiento de la República fue ejemplar y necesario para la nación española.

- Reflexiona sobre la conveniencia de clarificar ideas y actitudes políticas deslindando opiniones, juicios, programas y responsabilidades.

3.-  “El momento histórico”

- Llama  a la responsabilidad, clara reflexión y firme voluntad, disciplina y creatividad de los españoles en este momento histórico.

- Critica a la Monarquía por fomentar la bajeza moral de la sociedad, la chabacanería y apasionamiento pueblerino, contrario a la “pasión fría de Hegel” y no ilusionar con un proyecto grande de nación. 

4.- “Rectificar la República”

- Invita a rectificar la República por su pérdida de entusiasmo. ¿Por qué ha disminuido el fervor hacia la República?  se pregunta.  Y se contesta diciendo que el triunfo conseguido obnubila la mente de los triunfadores.

- Explica que “Rectificar la República” no significaba un apoyo a la Monarquía o a sus clases dirigentes.

- Reprocha la tristeza y desánimo en la que se encuentra la República y recuerda la alegría con la que surgió.

- Disculpa los errores de los dirigentes  republicanos por obrar con espontaneidad y buena  fe y evita ser severos en la crítica de esas conductas.

- Reconoce el trabajo y esfuerzo de los dirigentes gubernamentales y su error en la forma de plantear la vida republicana.

- Culpa a la clase monárquica de esos errores por no haber permitido que otros también participaran en la tarea común y se prepararan para la gobernación del país y no a los que los están cometiendo.

5.- “¿República conservadora y República burguesa?”

- Recalca que los hombres que trajeron la República pensaban que debía ser “conservadora y burguesa”, pero  él considera  un error reducir la ilusión republicana a una voluntad reflejada en esos dos términos.

- Pretende un entendimiento entre todos  sin  particularismos trasnochados para lograr la modernización del país.

- Demanda un entendimiento entre la clase  capitalista y el proletariado que favorezca el ascenso social de éste.

- Advierte a presentes y ausentes  que la el triunfo de la República no pertenece a ningún partido, ya que es la entrega del Poder público a la totalidad cordial de los españoles.

- Critica al bloque dominante de la Monarquía, a la Iglesia  y al arcaico anticlericalismo, a la jerarquía del Ejército, a las clases capitalistas y a la pretendida y ansiada revolución proletaria. Estima que todos ellos son grupos que usan y abusan del Poder público y se han aprovechado del pueblo español.

- Aboca claramente por un estado completamente laico.

6.- “Significado de la República”

- Afirma solemnemente que la República significa la posibilidad de nacionalizar el Poder público,   que el pueblo se organice y viva a su modo y que no se trata de un “simple cambio de forma de gobierno”.

- Reprocha a los falsos revolucionarios que exigen pureza de sangre republicana y carnet de democracia.

7.- “La Política del Gobierno”

- Establece la necesidad de “Rectificar la República” para integrar a la totalidad del país reclamando la liquidación de los partidismos.

- Insiste en la aportación de todos, sin individualismos ni grupos que defiendan intereses particulares para la reconstrucción  de la República.

- Desaprueba las acciones partidistas que se ejercen desde distintos ministerios sinuna visión global del Gobierno.

8.- “Un partido nacional de amplitud”

- Confirma la crítica situación de España, carente de un  centro nivelador y  enclavada entre una derecha antirepublicana y una izquierda extrema.

- Expone el fracaso del capitalismo y del colectivismo y exige la colaboración entre el capitalismo y el proletariado, del patrono y los obreros.

- Ruega al partido socialista que eduque y enseñe a los obreros que si quieren ser  menos pobres tienen que ayudar  a hacer una España más rica y se olviden de buscar la revolución imposible.

9.- “Llamamiento a otros elementos políticos”

- Para rectificar la República cree necesario la aparición de un gran partido de amplitud nacional que acoja a los españoles de todos los signos, obreros y patronos, y presenta indirectamente a Miguel Maura como el posible y  gran gestor de ese partido. (Es necesario aclarar que en diciembre de 1931, Miguel Maura era odiado tanto por la izquierda y por ciertos sectores derechistas, por ser hijo de Antonio Maura, monárquico en  otros tiempos).

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Nota.- en las siguientes entradas veremos el texto íntegro de la conferencia pronunciada por Don José Ortega y Gasset.