27 de julio de 2012

El valor de la amistad

Cuando analizamos el Informe Pisa nos llama la atención los buenos resultados obtenidos por los estudiantes surcoreanos. Sin embargo,  en ellos no aparece  el alto número de suicidios, convertido en la mayor causa de mortalidad en este sector de población.

Los medios de comunicación  nos han ofrecido  esta información, incidiendo en que a pesar del esfuerzo sobrehumano que realizan para completar con éxito sus estudios, carecen de la misma igualdad de oportunidades para todos. Y si uno, después de una vida entregada al estudio, fracasa, puede llegar al convencimiento de que no vale para nada y la responsabilidad es totalmente suya, a pesar de todos los medios que su sociedad le ha ofrecido. De ahí al suicidio sólo resta un corto camino, situación a la que contribuirán el asilamiento y la falta de amistad que puede aligerar esa carga emocional.

 El siguiente relato que me ha enviado un lector se aproxima a esta realidad, o eso me parece:

"Un día, siendo estudiante de secundaria,  vi a un compañero de  clase caminar de regreso a su casa. Se llamaba Kyle. Iba cargado con todos sus libros y pensé: "¿Por que se estará llevando a  casa todos los libros el viernes? Debe ser un “empollón".
Yo ya tenía planes para todo el fin de semana: fiestas y un partido de fútbol con mis amigos el sábado por la tarde, así que me encogí de hombros y seguí mi camino.

Mientras caminaba,  un montón de chicos corrieron hacia él, y tras alcanzarlo, le tiraron todos sus libros, le pusieron la zancadilla  y cayó al suelo. Sus gafas volaron y se depositaron en el suelo como a tres metros de él. Miró hacia arriba y pude ver una tremenda tristeza en sus ojos. Mi corazón se estremeció, así que corrí hacia él mientras gateaba buscando sus gafas. Vi lágrimas en sus ojos.

Le acerqué las gafas a sus manos y le dije, "esos chicos son unos tarados, no deberían hacer esto". Me miró y me dijo: "¡gracias!".

Había una gran sonrisa en su cara,  una de esas sonrisas que mostraban verdadera gratitud. Le ayudé con sus libros. Vivía cerca de mi casa. Le pregunté por qué no lo había visto antes y me contó que se acababa de cambiar de una escuela privada. Yo nunca había conocido a alguien que fuera a una escuela privada.

Caminamos hasta casa. Le ayudé con sus libros; parecía un buen chico. Le pregunté si quería jugar al fútbol el sábado conmigo y mis amigos, y aceptó. Estuvimos juntos todo el fin de semana. Mientras más conocíamos  a Kyle, mejor nos caía, tanto a mis amigos como a mí. Llegó el lunes por la
mañana y ahí estaba Kyle, de nuevo,  con aquella enorme pila de libros. Me paré y le dije:

"¡Hola!, vas a sacar buenos músculos si cargas todos esos libros todos los días". Se rió y me dio la mitad para que le ayudara.

Durante los siguientes cuatro años nos convertimos en los mejores amigos. Cuando ya estábamos por terminar la secundaria, Kyle decidió ir a la Universidad de Georgetown y yo a la de Duke. Sabía que siempre seríamos amigos y que la distancia no sería un problema. Él estudiaría medicina y yo administración, con una beca de fútbol.

Llegó el gran día de la Graduación. Él preparó el discurso. Yo estaba feliz de no ser el que tenía que hablar. Kyle se veía realmente bien. Era una de esas personas que se había encontrado a sí misma durante la secundaria, había mejorado en todos los aspectos y  se veía bien con sus gafas. Tenía más citas con chicas que yo y todas lo adoraban.

¡Caramba! Algunas veces hasta me sentía celoso... Hoy era uno de esos días. Pude ver que él estaba nervioso por el discurso, así que le di una palmadita en la espalda y le dije:  "Vas a estar genial, amigo". Me miró con una de esas miradas (realmente de agradecimiento) y me sonrió: "Gracias", me dijo.

Limpió su garganta y comenzó su discurso. "La Graduación es un buen momento para dar las  gracias a todos aquéllos que nos han ayudado a través de estos años difíciles: tus padres, tus maestros, tus hermanos, quizá algún entrenador... pero principalmente a tus amigos.

Yo estoy aquí para decirles que ser amigo de alguien es el mejor regalo que podemos dar y recibir y, a este propósito, les voy a contar una historia".

Yo miraba a mi amigo incrédulo cuando comenzó a contar el triste episodio del primer día que nos conocimos. Aquel fin de semana él tenía planeado suicidarse. Habló de cómo limpió su armario y por qué llevaba todos sus libros con él: para que su madre no tuviera que ir después a recogerlos a la escuela. Me miraba fijamente y me sonreía.

"Afortunadamente fui salvado. Mi amigo me salvó de hacer algo irremediable".
No lo olvides nunca…Hay personas que se dedican a iluminar las vidas de otros con su alegría, y su cariño, y eso a veces  vale mucho".
Bonito, ¿Verdad? Ojalá levante el ánimo de uno solo...

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