8 de julio de 2020

El experimento de Asch y la “desescalada” de la pandemia Covid-19 (II de III)

Aunque es un error de lógica afirmar que lo que no se ve no existe y de lo que no hay constancia gráfica nadie se acuerda,  suele cumplirse en la vida real que aquello que no llegamos a precibir con los sentidos  se hace invisible para la mente. De los campos de exterminio  de la Alemania nazi (Treblinka, Auschwitz-Birkenau, Mauthasen,…) hemos oído hablar y hemos visto fotografías, pero de los campos de concentración de la extinta URSS, pocos se acuerdan y son menos quienes han contemplado algún vestigio de tan siniestros lugares de reclusión y muerte. Los dirigentes comunistas sabían cómo proceder  para no dejar rastro de los gulalgs y borrarlos así de  la memoria colectiva de la humanidad. 

En estos meses de pandemia Covid-19 nuestras autoridades gubernamentales y algunos medios de comunicación próximos han empleado una particular metodología para conformar los comportamientos de la sociedad que  recuerda el ya analizado experimento de Asch. Resulta difícil que un ciudadano confinado y temeroso de un peligro de contagio masivo  se salga del camino marcado aunque perciba errores o piense diferente de aquello que le dicen. La presión ejercida desde el poder y la colaboración de un grupo social poderoso modifica la conducta de cualquier ciudadano, quien a la vez va perdiendo el sentido crítico de la realidad al vivir en momentos de soledad. 

Vimos en la entrada anterior que una gran mayoría de españoles había  adoptado, contra toda lógica, el término “desescalada”  como la vuelta a la normalidad, debido a una insistente repetición gubernamental y mediática. Pero ese era sólo un ejemplo y no el más importante.

En el capítulo “Así lavamos su cerebro” de la obra  “El alma está en el cerebro”, Eduardo Punset, su autor,  nos dice que “Aislamiento, control, incertidumbre, repetición del mensaje y manipulación emocional son técnicas utilizadas para lavar el cerebro de sus víctimas y cambiar sus creencias.”  Nos recuerda, en el párrafo siguiente, las explicaciones de la doctora Kathleen Taylor sobre la adquisición de nuevas ideas: “¿Qué necesitamos para que una persona cambie su modo de pensar? En primer lugar, necesitamos emociones fuertes. Y, en segundo lugar, necesitamos que mucha gente alrededor del sujeto crea lo mismo. Eso lo hace mucho más fácil”…Si hay muchas personas que constantemente te dicen lo mismo y no hay nadie que te ofrezca algo distinto, la realidad se convertirá para ti en lo que esa gente te diga. No hay nada más, no hay más opciones, no hay fuentes alternativas de información”…"Si uno vive en un mundo uniforme, y no hay nadie que se cuestione las cosas, todo se dirige a confinar las ideas y a reforzarlas".

Coherentes con la ocultación de vestigios reales, el actual gobierno se propuso evitar que los ciudadanos percibieran cualquier síntoma de dolor y muerte generados por la peste vírica  y lo ha conseguido. A pesar de los centenares de miles de enfermos y las decenas de miles de fallecidos habidos en España, las cadenas de televisión no han mostrado nunca escenas de sufrimiento ni de entierros en soledad. En cambio, sí nos enseñaban enterramientos y cementerios de Nueva York o Brasil. Hablaban de miles de muertos de catástrofes ajenas solapando los propios, proporcionalmente mayores, convertidos en números invisibles de estadística que no generaban ni angustia ni desconsuelo…

El decreto del Estado de Alarma, frecuentemente prolongado,  sirvió para incluir cuestiones ajenas a la pandemia y sus aspectos sanitarios (ingreso de Pablo Iglesias en el CNI, pacto con Bildu sobre la Reforma Laboral, ERTES,…). A la sociedad se le decía que esa situación especial era por el bien de su salud y los medios de comunicación afines se encargaban de ocultar opiniones contrarias. Con la imposición del principio de autoridad se restauró la verticalidad del poder,  la capacidad de decisión de un solapado Estado de Excepción y limitaron algunos derechos fundamentales (reunión, manifestación…). Pero la “gente”, mayormente, lo asumió desde su confinamiento sin resistencia alguna porque así se lo decían…y así se lo ordenaban.

Con motivo de la pandemia se pretendió revalorizar el sector público, especialmente el sanitario,  en oposición al privado, despreciando  su complementariedad y la necesidad de supervivencia de ambos. Personalidades relevantes,  muy   defensoras de la sanidad pública y muy críticas con la privada, se curaron en hospitales privados, sin darse por aludidas cuando las criticaba su hipócrita incoherencia. Ante semejante escenario, muchos medios  de información ¿? callaban y sus allegados políticos acusaban al discrepante de ser enemigo del bien común general representado en lo público y ser cómplice del negocio de lo privado. Y mientras, una multitud de ciudadanos desconcertados observaba y guardaba para sus adentros  sus opiniones…

(Continuará en el próximo capítulo)

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